Tengo sobre mi mesa de trabajo una Biblia Católica en cuya portada leo las siguientes palabras: SAGRADA BIBLIA. Versión directa de las lenguas originales por Eloino Nácar Fuster, canónico lectoral de la S.J. de Salamanca, y el muy Reverendo P. Alberto Colunga, profesor de Sagrada Escritura en el convento de San Esteban y en la Pontificia Universidad de Salamanca. El prólogo lo escribe: "El excelentísimo y reverendisimo Señor D. Gaetano Cicognami, Nuncio de Su Santidad en España". Está publicada en Madrid en el año 1959 por la Editorial: "Biblioteca de Autores Cristianos", y lleva el imprimatur del Obispo Católico de Salamanca, F.R. Francisco O.P.
En el prólogo leemos: "San Juan Crisóstomo se quejaba amargamente de que los fieles de su vastísima diócesis no conocieran bastante ni leyeran los Sagrados Libros... Él hubiese querido que existiese en cada casa cristiana una Biblia y que sus fieles supiesen de memoria al menos algunos salmos o algunos trozos escogidos del Santo Evangelio". Más adelante, se citan las siguientes palabras de San Agustín: "Leed las Escrituras; leedlas para que no seáis ciegos y guías de ciegos. Leed la Santa Escritura, porque en ella encontraréis todo lo que debéis practicar y todo lo que debéis evitar. Leedla porque es más dulce que la miel y más nutritiva que cualquier otro alimento".
Después del prólogo, aparece en esta Biblia, la Encíclica Divino Spiritu, del Papa Pío XII, "Sobre el promover oportunamente los Estudios de la Sagrada Biblia". Entre las muchas cosas interesantes que contiene este documento, leemos que se debe "procurar con todo ahinco se haga bien y sanamente, la lectura cotidiana de las Escrituras en las familias cristianas". Toda esta Encíclica insiste en que los católicos deben leer la Palabra de Dios.
Hagámonos pues, diez preguntas de suma importancia, tanto para los católicos como para los protestantes, y busquemos las respuestas en esta Biblia Católica (1).
I. ¿Dijo alguna vez Jesús que edificaría su Iglesia sobre San Pedro?
Lo que dijo Jesús, según lo podemos leer en la Biblia Católica, es lo siguiente: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mateo 16:18). Pero no dijo que edificaría su iglesia sobre la persona de Pedro.
La palabra griega traducida Pedro, es Petros que quiere decir piedrecita, o sea una piedra muy pequeña. La palabra para expresar piedra o roca es Petra. Lo que dijo Jesús realmente fue: "Tu nombre es piedrecita y yo edificaré mi Iglesia sobre la Roca. ¿Quién es la Roca? Es Jesucristo. Esto no lo dicen los protestantes, sino que lo declaró el mismo apóstol San Pedro, como veremos a continuación. Jesús nunca dijo que edificaría la Iglesia sobre Pedro, que era "una piedrecita". Un fundamento de esta clase sería muy defectuoso.
En la primera epístola de San Pedro 2:5-8 el propio apóstol se refiere a los cristianos como piedras y a Jesús mismo como la roca. Dice que Jesús es la PIEDRA ANGULAR, el fundamento (2). La iglesia, pues, no está edificada, ni sobre San Pedro ni sobre sus sucesores sino sobre la Roca, que es Jesucristo mismo.
Sin duda una gran autoridad sobre este asunto es el apóstol San Pablo, y éste dice: "cuanto al fundamento nadie puede poner otro sino el que está puesto, el cual es Jesucristo" (1 Corintios 3:11). de este modo coincide con el propio apóstol San Pedro en que la Iglesia está fundada, no sobre un hombre, sino sobre el Hijo de Dios.
II. ¿Debemos adorar las imagenes de los santos y de nuestro Señor arrodillandonos ante ellas cuando rezamos?
En la Biblia Católica encontramos que el segundo mandamiento de la Ley de Dios, en el libro del Exodo 4:5, dice así: "No te harás imágenes talladas, ni figuración alguna de lo que haya en lo alto de los cielos, ni de lo que haya abajo sobre la tierra. No te postrarás ante allas ni las adorarás".
En el libro de Deuteronomio 4:16 de la misma Biblia, leemos lo que sigue: "Guardaos bien de corrompeos, haciéndoos imagen alguna tallada, ni de hombre ni de mujer... guárdate de hacerte imagen esculpida de cuanto tu Dios te ha prohibido".
En el capítulo 44:9-20 de la profecía de Isaías que, en la Biblia Católica lleva por subtítulo "Vanidad de los ídolos", dice: "Todos los hacedores de ídolos son nada y sus vanas hechuras nio sirven de nada"; habla luego de los árboles que luego de cortados sirven de leña, y sin embargo, de otros pedazos del mismo tronco, "se hacen de ellos dioses ante los cuales se posternan, ídolos que adoran... postrándose ante él y a quien suplican diceindo: 'Tú eres mi Dios, sálvame'. Pero ellos no saben, no distinguen, porque están cerrados los ojos y no ven; está cerrado su corazón y no entienden...".
Esto es lo que dice la Biblia Católica, y cada católico debiera tenerlo muy en cuenta, pues es Palabra de Dios, antes de arrodillarse delante de cualquier imagen (3).
III. ¿Quién tiene autoridad, la tradición de los hombres o la Palabra de Dios?
Cuando Jesús estaba sobre la tierra, según leemos en la Biblia Católica "le preguntaron los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los antiguos?" (Marcos 7:5).
Vemoa cuál fue la respuesta de Jesús: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí; pues me dan un culto vano, enseñando doctrinas que son preceptos humanos. Dejando de lado el precepto de Dios os aferráis a la tradición humana. En verdad que anuláis el precepto de Dios para establecer vuestra tradición" (Marcos 7:6-9, 13).
Vemos que Jesús condena la tradición y ensalza la Sagrada escritura. Esta Biblia Católica insiste en que únicamente los mandamientos de Dios, tal como se encuentran en su Palabra tienen autoridad.
En el pasaje de 2 Tesalonicense 2:15, de esta misma Biblia Católica no hay referencia alguna a la tradición (4), pues dice: "Manteneos, pues hermanos, firmes, guardad las enseñanzas que recibisteis, ya de palabra ya por nuestra carta". Pablo al hablar de "enseñanzas" se refería al Evangelio que él había predicado y escrito en sus cartas. En forma parecida habla en el capítulo 3:6 del mismo libro, cuando dice: "En nombre de nuestro Señor Jesucristo os mandamos, apartaos de todo hermano que vive desordenadamente y no sigue las enseñanzas que de nosotros habéis recibido", y en 2 Timoteo 2:2 "Y lo que de mi oistéis ante muchos testigos, encomiéndalo a hombres fieles". Cuando San Pablo escribió estas palabras no existía tradición eclesiástica alguna, pues era en los primeros tiempos de la Iglesia, de modo que no podía referirse a la Tradición Católica o a la de los Padres de la Iglesia. Estas vinieron más tarde.
Nada escrito por los padres de la Iglesia fue inspirado, pero lo que dijeron y escribieron los apóstoles, era en verdad Palabra de Dios(5).
IV. ¿Es necesario todavía el sacrificio de la misa?
Atendamos en cuanto a esto de la infalible y autorizada Palabra de Dios. Encontramos la respuesta en Hebreos 10:11,12, 14 y 18, donde dice: "Todo sacerdote asiste cada día para ejercer su ministerio y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios que nunca pueden quitar los pecados...". Así que, según esta Biblia Católica, es vano e inútil ofrecer una misa diaría, ya que Dios dice que tales ofrendas reetidas nunca pueden quitar pecados. Pero continuemos:
"Éste (Jesús) habiendo ofrecido un sacrificio por los pecados para siempre se sentó a la diestra de Dios... de manera que con una sola oblación perfeccionó para siempre a los santificados... pues donde hay remisión ya no hay oblación por el pecado".
¡Qué cosa tan admirable! ¿Qué hizo Jesús? Ofreció un solo sacrificio. ¿Cuál? SE OFRECIÓ A SÍ MISMO. Sí, Jesús se ofreció en la cruz del Calvario como sacrificio por tus pecados y los míos; y este sacrificio no tiene que ser ofrecido de nuevo. Dios dice que fue "para siempre". ¿Por qué? Porque ese único sacrificio, es suficiente para la remisión del pecado; y luego añade: "Ya no hay oblación o sacrificio por el pecado". Esto afirma la Biblia Católica.
Gracias a Dios porque ya no hacen falta más sacrificios. Cuando el Señor estaba en la cruz exclamó: "¡Consumado es!". Consumada es tu redención y la mía, la obra está efectuada, la expiación fue hecha, la deuda de nuestro pecado quedó pagada. Sí, Jesús lo pagó todo. Según la Biblia Católica, no hace falta ninguna otra misa o sacrificio por los pecados. Jesús ofreció el único sacrificio que era necesario. ¿Por qué tratar de agregar algo a una obra terminada si Dios dice que no puede haber ya "oblación" por el pecado?
En el pan y el vino de la comunión, recordamos el supremo ofrecimiento de sí mismo para nosotros, como Jesucristo dijo: "Esto es mi cuerpo que se da por vosotros, haced esto en memoria mía. Y asimismo después de cenar, tomó el cáliz diciendo: 'Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre, cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía'". (1 Corintios 11:24,25). (6).
V. ¿Pueden María, el sacerdote, o los santos ser mediadores?
Volviendo a las páginas de esta Biblia Católica, leemos estas significativas palabras: "Porque UNO es Dios, UNO también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús" (1 Timoteo 2:5). Por tanto, si sólo hay un mediador como Dios lo afirma, no puede haber dos o varios mediadores. LA BIBLIA CATÓLICA DICE QUE NO HAY MÁS QUE UNO Y QUE ESE ES CRISTO JESÚS.
Ciertamente, ¿cómo podrían seres humanos servir de mediadores para otros pecadores? La misma Virgen María, la más bienaventurada entre todas las mujeres, habló de Dios como "MI SALVADOR", al decir: "Mi alma magnifica al Señor y salta de júbilo mi espíritu en Dios. MI SALVADOR" (Lucas 1:46,47). Si ella no hubiese sido pecadora (7), no hubiese necesitado un Salvador.
El hombre rico mencionado en Lucas 16, oró a Abraham que era uno de los más grandes santos del Antiguo Testamento, pero Abraham no pudo ayudarle ¿por qué entonces recurrir a un santo menos importante? ¿por qué ir a María o alguno de los santos si podemos acudir a Cristo?
En Lucas 11:27 leemos: "Mientras decía estas coss, levantó la voz una mujer de entre la muchedumbre y dijo: 'Dichoso el seno que te llevó y los pechos que mamaste'. Pero Él (Jesús) dijo: Más bien, dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan". Es curioso aquí cómo Jesús dio mayor importancia a la Palabra de Dios que a su madre, y en lugar de ensalzar a ésta reprendió a la mujer que la alabó. ¿Por qué lo hizo así?
Del mismo modo leemos en Mateo 12:46-50 que mientras Él hablaba a la muchedumbre, su madre y sus hermanos estaban fuera y pretendian hablarle. Alguien le dijo: "Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablarte. Él, repondiendo dijo al que hablaba: ¿Quién es mi madre y mis hermanos?, porque quien quiera que hiciera la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre".
En los Hechos de los Apóstoles 1:14, María es mencionada por última vez en el Nuevo Testamento, ¡aun cuando apenas se halla este texto a la mitad del libro! Y se hace en la siguiente forma: "Todos estos perseveraban unánimes en la oración, con algunas mujeres, con María la madre de Jesús y con los hermanos de éste". Observad que no dice aquí que los discípulos rogaban a María y ésta intercediera por ellos a Dios; sino que todos oraban juntos y directamente al Padre Celestial.
Y siguen los escritos apostólicos sin una sola mención a la Virgen. ¿por qué no les dijo San Pablo a sus convertidos que María intercedería por ellos? Es inconcebible que no lo hiciera si ella hubiese tenido realmente influencia con su hijo resucitado y glorificado. El caso es que no hay un solo versículo en la Biblia que nos enseñe que debemos dirigir nuestras oraciones a los que dejan este mundo para que éstos rueguen por nosotros. Éstos no pueden oírnos, porque son criaturas limitadas, finitas como nosotros; ni pueden por lo tanto, interceder por nosotros.
En 1 Juan 2:1,2 leemos: "Si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo. Él es la propiciación por nuestros pecados" La Biblia Católica nos declara aquí quién es nuestro abogado, y no nos dice que sea María, sino Jesucristo. Ello es evidente, pues ¿quién fue nuestra propiciación? ¿María? ¡No! ¡Jesucristo!
¿Por qué no hay mención alguna de María como intercesora entre aquellos cristianos primitivos? No es posible tal silencio si ella hubiese sido entonces lo que algunos pretenden que es. esto, amigos míos, resuelve la cuestión de un modo definitivo.
VI. ¿Puede el sacerdote perdonar los pecados?
En la Biblia Católica hay una pregunta que fue formulada en cierta ocasión por los escribas. Es la siguiente: "¿Cómo habla así éste? Blasfema ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?" (Marcos 2:5-11). Jesús aceptó la objeción. Aquellos escribas tenían razón. Sólo Dios puede perdonar los pecados y el que un hombre pretenda hacerlo es blasfemia. Jesús respondió diciendo: "Pues para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados -se dirige al paralítico- Yo te digo: levántate, toma tu camilla, y vete a tu casa. Él se levantó y tomando la camilla salió..." Esto dijo Jesús para demostrarles que Él no era un mero hombre y por esto podía perdonar los pecados. Pero los sacerdotes católicos o los ministros de cualquier religión no pueden perdonar pecados porque son hombres. Podemos, sin embargo, ir directamente a Dios por nuestro Mediador, Cristo Jesús y ser perdonados.
Pero ¿me preguntaréis?, ¿qué de Juan 20:23, donde dice: "Recibid el espíritu Santo, a quien perdonaréis los pecados les serñan perdonados, a quienes se los retuviéreis les serán retenidos"? Estas palabras fueron dichas a los apóstoles, y a nadie más; no menciona sucesores. Y en cuanto a los mismos apóstoles no vemos que ellos entendiesen tales palabras como una prerrogativa personal, pues San Pedro exhortó a Simón el MAgo, diciéndole: "Arrepiéntete, pues de esta tu maldad y RUEGA AL SEÑOR que te perdone este mal pensamiento de tu corazón" (Hechos de los Apóstoles 8:22). esto leemos en la Biblia Católica y no que le dijera: "Arrepiéntete de tui pecado en confesión, ante mí o ante otro ministro de la Iglesia, cumple la penitencia y te será perdonado".
Jamás encontraremos en los Hechos de los Apóstoles, ni en sus epístolas que ellos confesaran a una sola persona o que recomendaran a alguien confesar sus pecados excepto a Dios, y ello es la más clara prueba de que no entendieron las palabras de Cristo como un poder personal de perdonar pecados, aparte de la predicación del Evangelio, mediante el cual las personas acudían a Dios arrepentidas y eran perdonadas. ¿Puede alguien conocer mejor el pensamiento de Cristo que los mismos apóstoles?
VII. ¿Vamos pues al Purgatorio cuando morimos?
Podemos leer esta Biblia Católica desde la primera palabra hasta la última y no encontraremos en ella un solo versículo que se refiera al Purgatorio. Este lugar no se menciona en ninguna parte del libro. No hay Purgatorio en la Biblia. Debe entonces haber sido inventado por los hombres, ya que Dios no habla de él.
Por otra parte, esta misma Biblia Católica nos dice que si somos hijos de Dios vamos directamente a estar con Dios cuando morimos. Permitidme que os lea estas palabras: "... pues de un lado deseo morir para estar con Cristo, que es mucho mejor" (Filipenses 1:23). Como veis, cuando partimos de esta vida no vamos al Purgatorio, pues Cristo no está assí. Vamos directamente a su presencia. Vamos a estar con Él, en donde Él está.
Por esto decía el mismo apóstol San Pablo en otro lugar: "Quisiéramos más partir del cuerpo y estar presentes al Señor" (2 Corintios 5:8). Aquí se nos dice que en el momento en que dejamos el cuerpo, nuestro espíritu sube a estar en la presencia de Nuestro Señor. Esta es la enseñanza calra e inequívoca de esta Biblia Católica, infalibe Palabra de Dios.
Todo esto significa que el cristiano nunca tendrá que sufrir por sus pecados. El juicio ya ha sido ejecutado para el creyente en Cristo. Permitidme que os lo lea en esta preciosa Biblia Católica en Juan 5:25 y Dios haga que lo creáis de todo corazón. Dice Jesús: "En verdad en verdad os digo, que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene la Vida Eterna, y no es juzgado, porque pasó de la muerte a la vida". De ahí, pues, que no puede haber ningún lugar como el Purgatorio.
En efecto. ¿Qué ocurrió con el ladrón que murió al lado de Jesús? ¿No fue a estar inmediatamente con Cristo? La promesa de Jesús fue: "En verdad te digo, hoyu será conmigo en el Paraíso" (Lucas 23:43).
Notad que no dice: "En el purgatorio", sino "en el Paraíso", y si el ladrón no tuvo que sufrir por sus pecados cuando se arrepintió y se volvió a Cristo, ¿por qué habéis de sufrir vosotros, amigos católicos, por vuestros pecados? No lo creáis. No iréis al Purgatorio, ya que no existe tal lugar. Si sois salvos iréis directamente al cielo para estar con Cristo. Para que esto fuese posible Jesús sufrió todo lo necesario. Expió todos y cada uno de nuestros pecados. Ningún sufrimiento vuestro podría contribuir de manera alguna a vuestra purificación. es su sangre la que limpia del pecado y no vuiestros sufrimientos, pues así lo leemos en esta misma Biblia: "La sangre de Jesús su Hijo nos purifica de todo pecado" (1 Juan 1:7). Nada de lo que vosotros podáis pagar puede conseguir que vuestros seres queridos salgan del Purgatorio, ya que tal lugar no existe.
En 1 Corintios:8-15, San Pablo habla de nuestras obras y no de nuetsra salvación. Está hablando acerca de las recompensas por el servicio fiel y la pérdida de tales recompensas si hemos sido podo diligentes en el servicio de Cristo. Este pasaje ni siquiera insinúa la existencia del Purgatorio.
VIII. ¿Necesitamos nacer de nuevo o sea convertirnos a Dios los que ya fuimos bautizados?
Esta pregunta también la contesta la Biblia Católica. Encontraréis la respuesta en Juan 3:3-7: "En verdad en verdad te digo, que quien no naciere de arriba no puede entrar en el Reino de Dios. No te maravilles de que te he dicho: es preciso nacer de arriba". Es fácil de comprender que nacer de arriba significa volverse a Dios para ser un autentico cristiano.
Os ruego que no confundçais el nuevo nacimiento con el bautismo de agua, pues éste no tiene nada que ver con el asunto. El nuevo nacimiento es la implantación de la vida divina, la vida de Dios en el corazón del hombre por medio del Espíritu y de la Palabra de Dios. Es verdad que Jesús dijo en Juan 3:5: "Quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de los Cielos", pero evidentemente está refiriéndose no al agua material sino a la Palabra de Dios. Esta interpretación no es nuestra, sino que la encontramos en Efesios 5:25 y 26, donde dice: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola mediante el lavado del agua con la Palabra", en Santiago 1:18, donde dice: "De su propia voluntad nos engendró por la Palabra de verdad"; y el mismo San Pedro declaró en 1 Pedro 1:23: "Quienes han sido engendrados de semilla no corrupttible, sino de incorruptibel por la Palabra viva y permanente de Dios".
Por esto encontramos que el ladrón de la cruz pudo ir inmediatamente al Cielo cuando creyó, a pesar de que no había sido bautizado. De Cornelio también leemos en la Biblia Católica que fue salvo antes de ser bautizado. (Véase Hechos de los Apóstoles 10:34-48). El bautismo no salva a nadie y no os salvará a vosotros. "Es preciso nacer de arriba". ¿Habéis nacido de nuevo, amigos lectores?
IX. ¿Se consigue la salvación por medio de la Iglesia, o por medio de Cristo?
Muchas personas creen que es la Iglesia Católica la que salva y que los que no pertenecen a ella se perderán. Confunden una iglesia con Cristo. Pero, ¿qué dicen las Sagradas Escrituras? ¿Cómo contesta esta pregunta de fundamental importancia la inspirada Biblia Católica? Dice: "Mas a cuantos le recibieron dióles potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1:12). ¿Lo véis? Aquí lo expresa bien claramente. ¿Cómo llegamos a ser hijos de Dios? Recibiéndole a Él, a Jesucristo, como nuestro Salvador. Nada dice de la Iglesia.
Del mismo modo leemos en Juan 3:15: "Todo quel que creyere en Él, tiene la vida eterna". ¿Se obtiene la vida eterna por pertenecer a la Iglesia? ¡No! La Biblia dice que es solamente por creer en el Señor Jesucristo. "Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna" (Juan 3:16). De nuevo no encontramos aquí una sola palabra acerca de la Iglesia. Es sólo Cristo. Todos los que confían en Él tiene vida eterna.
El apóstol San Juan nos dice: "El que cree en el Hijo tiene la vida eterna, el que rehusa creer en el Hijo no verá la vida, sino que está sobre él la cólera de Dios" (Juan 3:36). Esto significa que todo depende de vuestra relación, no con la Iglesia, sino con Cristo. Es Cristo quien salva. A la Iglesia, nio se la menciona con referencia a la salvación.
"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí" (Juan 14:6). Estas palabras las pronunció Jesús. Notad que no dijo: "La Iglesia es el camino; nadie viene al Padre sino por la Iglesia". No, amigos míos. Dijo: "Yo soy el Camino". Jesucristo es el único camino para ir a Dios.
Del mismo modo afirma el apóstol San Juan: "El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, tampoco tiene la vida" (1 Juan 5:12). Nuevamente los inspirados labios de este gran apóstol declaran que no es la Iglesia sino Cristo quien salva.
"En ningún otro hay salud, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo entre los hombres, por el cual podamos ser salvos" (Hechos 3:12). Estas palabras son de San Pedro, y ¿qué nos dice? Que la salvación se encuentra en Cristo y en nadie más. "Ningún otro nombre bajo el cielo". Ni el nombre del Protestantismo, ni del Catolicismo, ni del pastor, ni del sacerdote, ni del papa, ni de la Virgen María ni de ningún santo. "Ningún otro nombre debajo del cielo", insiste. No es por ninguna iglesia, de ninguna clase. La salvación, según San Pedro, es por medio de Cristo, y únicamente por medio de Él.
¿Por qué no volverse a Cristo, si esta Biblia Católica nos dice que no es ninguna Iglesia sino cristo quien salva?
X. ¿Somos salvados por las obras o por la fe?
Algunos dicen que somos salvados por la fe, las obras y los sacramentos juntamente. Pero la Biblia Católica dice que somos salvados por la fe. ¿Quíen tendrá razón?
Si es por obras no puede ser por fe. O vuestras obras os salvan, o Dios os salva por vuestra fe. ¿Váis a martirizar vuestros cuerpos, a rezar el Rosario durante muchas horas, en un esfuerzo vano para salvar vuestras almas por medio de de las obras? ¿Váis a tratar de granjearos méritos que os permitan la entrada en el cielo, mediante lágrimas y oraciones, largos ayunos y la observancia de los ritos de la Iglesia, las peregrinaciones, la vida monástica o conventual y los sacramentos? ¿Váis a sufrir todo esto cuando Dios nos dice en esta Biblia Católica que la salvación no es por obras? ¡Qué necedad!
Pues ved que así lo declara este libro maravilloso: "Sostenemos que el homre es justificado por la fe sin las obras de la Ley" (Romanos 3:28).
"Mas al que no trabaja sino que cree en el que justifica al impío, la fe es computada por justicia" (Romanos 4:5).
"Dios imputa la justicia sin las obras" (Romanos 4:6).
"... No se justifica el hombre por las obras de la Ley sino por la fe de Cristo, pues por las obras nadie se justifica" (Gálatas 2:16).
"Pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, es don de Dios; no viene de las obras para que nadie se gloríe" (Efesios 2:8,9).
"No por las obras justas que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia nos salvó" (Tito 3:5).
Esas, amigos, son las cosas que dice la Biblia Católica. ¿Qué váis a hacer con ellas? Todos los versículos que acabamos de ller os dicen en lenguaje claro e inequívoco que no sois salvados por vuestras obras, sino que habéis de serlo por la fe.
Entonces, ¿cuál es el papel de las obras? santiago contesta a esta pregunta cuando dice: "Muéstrame sin las obras tu fe que yo por mis obras te mostraré la fe" (Santiagoi 2:18). Las obras siguen a la fe, la fe produce obras. Si sois salvados, vuestra vida ha de demostralo. Trabajaréis para Dios porque seréis salvos y no a fin de serlo. "La fe sin obras es muerta". Si no hay cambio alguno en vuestras vidas, si todavía cometéis los mismos pecados, si no habéis sido libertados del poder del pecado que domina a los que no son convertidos a Dios, entonces no hay ninguna evidencia de que seáis salvos; pues nos dice San Pablo: "De suerte que el que es de Cristo se ha hecho criatura nueva y lo viejo ya pasó, se ha hecho nuevo" (2 Corintios 5:17).
¿Qué haréis? ¿Creeréis la Palabra de Dios, según se halla en la Biblia?(8).
Dejad toda confianza en vosotros mismos, en vuestros esfuerzos, en vuetsras obras o en los sacramentos. Abrid vuestros corazones a Jesucristo. Recibidle como vuestro Salvador personal, confiad en su sangre vertida, y poned toda vuestra confianza en Él para la salvación de vuestras almas. Él dice: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados que yo os aliviaré" (Mateo 11:28). El Señor nunca ha rechazado a nadie que haya acudido a Él en demanda de perdón y salvación eterna. Jesús dice: "Al que viene a Mí yo no lo echaré fuera" (Juan 6:37). ¡Acudid de todo corazón a Él! ¿Lo haréis? ¡Hacedlo, sí! ¡Hacedlo ahora mismo!
(1). En estos días en que se habla de un Concilio Ecuménico y de la convenencia de unión o entendimiento entre católicos y protestantes, tales preguntas, y las respuestas que hallamos en la Biblia Católica, son de extraordinario y supremo interés.
(2). Al escribir tales palabras era una magnífica oportunidad para referirse a sí mismo, y la frase: "Tú eres Pedro, etc..." para declararse fundamento y cabeza de la Iglesia, si hubiese comprendido las palabras de Cristo tal como las interpretan los católicos de nuestros días; pero nada de esto dijo San Pedro. ¿Por qué? Porque él se consideraba a sí mismo tan sólo como una "piedrecita" edificada, como las demás, sobre la piedra angular que es Cristo. No le vino siquiera al pensamiento que alguien pudiera considerarle a él como la cabeza o fundamento de la Iglesia; sino, como se declara a sí mismo en el capítulo 5, versículo 1 de esta misma carta, un "co-presbitero" o sea, un anciano juntamente con todos los demás que presidían las Iglesias cristianas de su tiempo.
(3). Otra prueba que nos ofrece la Biblia CAtólica de que no debemos prosternarnos ante las imágenes de los santos la hallamos en los Hechos de los Apóstoles 10:25, donde leemos: "Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro y postrándose a sus pies, le adoró. Pedro lo levantó diciendo: Levántate que yo también soy hombre". ¿Qué diría hoy San Pedro de ver a tantos creyentes arrodillados delante de imágenes que representan su propia persona, las de otros apóstoles, o de la bendita Virgen? ¿No lo consideraría igualmente un pecado contra la ley de Dios y reprendería severamente a los que tal hacen?
(4). Algunos traductores católicos son infieles al sentido del original al traducir este pasaje "tradiciones", en vez de "enseñanzas", pero Eloino Nácar y Alberto Colunga traducen con exactitud el griego del texto apóstolico. Es natural que el apóstol San Pablo recomendará el cumplimiento de sus propias enseñanzas de palabra, pero no hay prueba alguna de que las tales incluyeran cosas diferentes o contrarias a sus propios escritos o a otros pasajes de la Biblia. Sin embargo esto ocurre con ciertos dogmas de reciente institución.
(5). Los actuales maestros del Catolicismo, que se ven confundidos por lo que la Biblia declara en contra de las doctrinas y costumbres de su Iglesia, hacen mucho hincapié en que debemos atender, no solamente a lo que dice la Biblia sino a la tradición, sosteniendo que la tradición aclara el sentido de la Biblia y que cuando hay aparente contradicción, debemos preferir la tradición a lo que nosotros vemos claramente establecido en la Sagrada escritura. Pero, como podemos ver, semejante teoría es condenada por la misma Biblia Católica.
(6). Las palabras: "haced esto en memoria mía", aclaran bien el sentido de "esto es mi cuerpo". Jesús usa tal expresión del mismo modo que nosotros decimos: "este es fulano", señalando una imagen o monumento que recuerda algún personaje. El mismo Señor dijo: "Yo soy la puerta", "Yo soy la vid", sin que nos quepa entender que Cristo es una puerta o una vid. Del mismo modo San Pablo declaró enfátiamente que la roca del desierto "Era Cristo" (2 Corintios 10:4), sin dar con esto lugar a pensar que Cristo se transformó en una roca, sino que la roca que emanaba agua representaba a Cristo, quien sacía la sed del corazón.
Fíjense, además, en este texto, que la Biblia Católica dice bien claramente que fue "después de cenar", y no en ayunas, que los apóstoles tomaron por primera vez la sagrada comunión, de manos del mismo Señor Jesucristo, el único que tiene toda autoridad para hacer y ordenar.
(7). Al hablar en esto términos de la bendita Virgen, no quiere decir el autor que la escogida por Dios no fuese la más buena y pura entre las mujeres. Sin embargo, no era inmaculada, pues ella misma declara llevar como todos nosotros el estigma del pecado cuando invoca llamándole MI SALVADOR.
(8). La alternativa que formula el autor de este opúsculo, no puede ser más seria y solemne.
Es la obligación de todo cristiano creer y obedecer la Palabra de Dios. Ante nosotros tenemos esta palabra, la Sagrada Escritura; no en una traducción defectuosa o alterada según las conveniencias de alguna secta, sino la que ofrece la Biblioteca de Autores cristianos de Madrid, fielmente traducida y aprovada por la autoridad eclesiástica.
La alternativa consiste en creer esta infalible Palabra de Dios, o bien anteponer a ella las enseñanzas de los hombres que con muchos esfuerzos tratan de hacer decir a la Biblia lo que no dice y aún peor, lo contrario de lo que Dios ha dicho.
Es esta una alternativa que todo católico debe resolver en lo íntimo de su conciencia ante Dios que todo lo ve y lo sabe y un día ha de juzgarnbos según el caso que hayamos hecho de esta palabra suya según nos declara el propio Jesucristo: "La palabra que yo he hablado, esa le juzgará en el último día". Para ello, el mejor procedimiento para toda persona temerosa de Dios que aún no posea la Santa Biblia: adquirir de alguna librería católica un ejemplar de esa Biblie fielmente traducida por los antes referidos sacerdotes Eloino Nacar y Alberto Colunga.
Pidiendo a Dios su iluminación y su gracia, bien pronto comprenderán quienes así procedan con toda sinceridad, el verdadero camino de la salvación y gozarán de la seguridad de la vida eterna.