Martín Lutero.

El Fraile que conmovió el Mundo.


   Capítulo XIII. La Dieta de Worms.

   Había pasado Lutero por muchas luchas, y había dominado a muchos adversarios. Quedaba uno, el mayor y el último. Una solemne Dieta fue convocada en Worms para el 6 de Enero de 1521. Jamás se habían reunido tantos príncipes, electores, duques, arzobispos, condes, obispos y señores del imperio, delegados de las ciudades libres, y embajadores de los reyes del cristianismo. Muchos negocios de grande importancia tenían que ocupar la atención de la Dieta, pero el negocio transcendente era el de Lutero. Los enviados del Papa porfiaban con Carlos a ejecutar la bula. Federico, a quien debía Carlos su corona, le rogó no hacer nada sin oir primero a Lutero. Carlos intimó a Federico que quería que le trajera a Worms. Federico contestó que la salud de Lutero hacía esto difícil, pero en Worms empezó a correr la voz que Lutero iba a venir. Este rumor llenó de alarma a los Nuncios, especialmente a Alexander, quien empleó toda su autoridad como Nuncio de la cabeza de la iglesia, para estorbar que viniera Lutero.

   Alexander escribió otra vez a Roma y otra Bula excomulgando a Lutero aún más violentamente, fue expedida.

   Lutero oyendo que el Emperador Carlos deseaba que viniera (aunque después dijo el Emperador que como ya era excomulgado no debía venir), escribió una carta a Federico, en términos que le permitiera a éste, incluírle en la Dieta, expresando su entera voluntad de venir a Worms, si le extendía un salvoconducto.

   Mientras el sentimiento público era que no sería posible condenar a Lutero sin oírle; y cuando el Nuncio Alexander, valiéndose de una carta personal del Papa a Carlos, persuadió a éste a publicar un edicto mandando la ejecución de la bula, Carlos halló que era necesario ganar la Dieta primero y el día 23 de Febrero, Alejandro habló a la asamblea por tres horas y sus palabras produjeron una honda impresión. Parecía que era un triunfo consumado. Sin embargo, en otra sesión de la Dieta tres o cuatro días después, el Duque Jorge de Sajonia, un príncipe muy católico, un fanático y enemigo más acerrimo de Lutero se levantó en la Dieta y habló con la más grande energía contra los abusos, abogó por una reforma general y que fuera llamado un Concilio ecuménico para llevarla a cabo. Quedaron atónitos los que conocían el odio que tenía el Duque contra Lutero.

   Otros miembros de la Dieta y aun los mismos príncipes eclesiásticos, apoyaron al Duque Jorge. Formaron una lista de ciento y una quejas y presentándose al Emperador le rogaron decretar una reforma general de la iglesia y encargarse de su ejecución. Aun el mismo confesor del Emperador le amenazó con el castigo del cielo si no reformaba la iglesia.

   Carlos V inmediatamente revocó el decreto mandando quemar los escritos de Lutero en todo el imperio, ordenando que fueran entregados a los jueces provisionalmente.

   La Dieta no quedó contenta, pues quería que viniera Lutero, no para discutir, sino para saber de su propia boca si era el autor de los libros condenados a ser quemados. Además, hubo tal agitación en toda Alemania en favor de Lutero, que la Dieta creía que era más prudente ordenar que compareciera.

   Viendo esto el Nuncio Alexander, alarmado inmediatamente procuró evitar que Lutero viniera. Al fin dijo a Carlos: "Si usted resuelve que venga Lutero a lo menos no le dé un salvoconducto".

   Carlos tenía que ceder, al principio resolvió que Lutero viniera sin salvoconducto. Federico, sin embargo insistió y para tranquilizar al país le fueron mandados salvoconductos, no sólo por el Emperador, sino por los otros tres príncipes por cuyos terrenos tendría que pasar el reformador. La cita del Emperador llegó el 2 de Maro de 1521, y el 2 de Abril, Lutero se despidió de sus amigos. En una que otra ciudad en camino fue recibido con frialdad, pero en la última parte de su viaje, su progreso fue como el de un general victorioso. Todo el mundo quería ver al hombre que iba a ofrecer su cabeza al Emperador y al Imperio. Algunos decían: "Van a quemarle y a reducir su cuerpo a cenizas como lo hicieron con Juan Hus". Contestó Lutero: "Aunque encendieran una hoguera de Worms a Wittemberg con llamas que se elevan hasta el cielo, yo andaría en medio de ella en el nombre del Señor". Entró Lutero a Frankfort el 14 de Abril.

   Ya sabían en Worms que estaba en camino Lutero y los amigos del Papa, entre ellos Albert, el Cardenal arzobispo de Mentz, hicieron lo posible para que no pasara adelante. Contestó Lutero: "Estoy muy débil, pero Cristo vive y entraré en Worms a despecho de todas las puertas del infierno y de todos los poderes del aire".

   Al acercarse a Worms, Spalatin (quien había oído que no se respetaría el salvoconducto y que Lutero sería perdido si entraba a Worms), le mandó un recado: "No entres a Worms", pero Lutero dijo al mensajero: "Anda, di a tu maestro que aunque hubieran en Worms tantos demoníos como hay tejas en los techos, con todo entraré".

   El 16 de Abril llegó Martín Lutero a Worms cerca del mediodía. Luego que el vigilante de la torre de Catedral, tocó la trompeta, todo el mundo abandonó su comida para ver al fraile. Dos mil personas le acompañaron. Hubo más gente a verle que cuando entró el Emperador. Su llegada produjo mucha alarma, Carlos llamó a su concejo y les dijo: "Lutero ha venido, ¿qué haremos?" Un obispo contestó: "Hemos pensado mucho. Debe vuestra majestad deshacerse de este hombre. No estamos obligados a dar ni respetar un salvoconducto dado a un hereje". "No", contestó Carlos, "tenemos que guardar nuestra palabra".

   Fue citado Lutero ante la Dieta a las cuatro de la tarde.

   Las salas y ventanas del salón donde estaba reunida la Dieta estaban pletóricas con más de cinco mil curiosos. Junto a la puerta de entrada, por la cual Lutero iba a presentarse ante sus jueces, el notable general Jorge de Freundsberg (quien fue responsable en gran parte por la victoria de Pravia cuatro años más tarde un triunfo que resultó en el cautiverio del rey de Francia) tocó a Lutero en el hombro y le dijo bondadosamente, moviendo la cabeza: "Pobre fraile, pobre fraile, tú vas a enfrentarte de una manera más notable que cualesquiera de nosotros en los campos de batalla más sangrientos. Pero, si tu causa es justa y estás seguro de ello, ¡adelante, en el nombre de Dios y no temas a nadie! Dios no te abandonará". Un noble tributo de respeto brindado por el valor de la espada al valor de la mente.

   La Dieta estaba compuesta de doscientas cuatro personas y jamás antes había comparecido hombre alguno ante una asamblea tan augusta e imponente.

   Los guardias hicieron paso a Lutero. Avanzó y se paró ante el trono de Carlos V. Todos le miraron. La confusión se sosegó y hubo profundo silencio. "No digas nada", dijo el mariscal del Imperio, "antes de ser interrogado". Y se alejó dejando a Lutero solo. Después de un momento Juan de Eck, el canciller del arzobispo de Treves, se levantó y dijo (primeramente en latín y luego en alemán): "Martín Lutero, su sagrada e invencible Majestad Imperial, te ha citado ante su trono, de acuerdo con el consejo del santo imperio romano, exigiendo la contestación a dos preguntas:

   1a.- "¿Que si confiesas que esos libros han sido escritos por tí?", señalando unos 20 libros en una mesa directamente en frente de Lutero.

   2a.-"¿Estás preparado a retractarte de esos libros y su contenido, o persistirás en las opiniones escritas en ellos?"

   Iba Lutero a contestar la primera pregunta en el afirmativo, cuando su consejero exclamó: "¡Que sean leídos los títulos de los libros!", y eso fue hecho.

   Lutero entonces dijo, primeramente en latín y luego en alemán: "Muy benigno Emperador, benignos príncipes, y señores. En cuanto a la primera, reconozco como míos los libros ennumerados. No lo puedo negar. En cuanto a la segunda, visto que es una pregunta que toca a la fe y a la salvación de almas, y en la cual la palabra de Dios, el tesoro más grande y más precioso en el cielo y en la tierra tiene interés, obraría yo sin prudencia si contestara sin reflexión. Podría afirmar menos de lo que las circunstancias exigen o más de lo que la ocasión requiere, y así pecaría como dijo Cristo: 'Cualquiera que me negare delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos'. Por esta razón ruego a su Imperial Majestad con toda humildad, me sea concedida una prórroga para que pueda contestar sin ofender la palabra de Dios". En contestación le fue concedido otro día con la condición que contestara de viva voz y no por escrito.

   Salió Lutero de la Dieta y fue conducido a su hotel entre mucho alboroto. Se oían amenazas, mueras y vivas. Entre los amigos de Lutero corrió la voz que la Dieta había resuelto quemarle, pero los caballeros contestaron que les costaría la vida si así lo hicieran.

   Los enemigos de Lutero se regocijaron, creyendo que con el transcurso del tiempo, su valor disminuiría y que se retractaría. Al otro día, momentos antes de presentarse ante tan augusta asamblea, Lutero sintió que desmayaba su corazón. En este Gethsemaní, se postró en el suelo y oró con palabras entrecortadas:

   "¡Oh! Dios todopoderoso y eterno, cuán terrible es este mundo que ha abierto su boca para tragarme y yo tan poca confianza, todo se perdió. Mi última hora ha venido, mi condenación ha sido pronunciada... ¡Oh! Dios... ¡Oh! Dios... ¡Oh! Dios... ayúdame contra la sabiduría del mundo. Hazlo Señor, Tú debes hacerlo... Tú solo, porque esta no es mi obra, sino tuya. Yo no tengo nada que hacer aquí, nada por qué pelear con esos grandes del mundo. Yo desearía pasar mis días pacíficos, felices. Pero la causa es tuya y es una causa justa y eterna. ¡Oh Señor, ayúdame! ¡Tú eres Dios fiel e inmutable! En ningún hombre pongo mi confianza, sería vano. Todo lo que es de los hombres es incierto, todo lo que proviene del hombre, falla. ¡Oh! Dios, Dios mío, ¿no me oyes...? Dios mío ¿estás muerto...? No, no puedes morir, únicamente te escondes. Que tú me escogistes para esta obra, yo lo sé bien... Haz, pues, oh Dios; estate a mi lado, por amor de tu bien amado Jesucristo, quien es mi defensa, mi escudo y fortaleza grande".

   Después de un momento de lucha silenciosa, sigue así: "Señor, ¿dónde te quedas...? ¡Oh! mi Dios, ¿dónde estás Tú...? Ven, ven, estoy listo... estoy listo a poner mi vida por tu verdad... paciente como una oveja. Porque es para la causa de la justicia, para la causa tuya... jamás me separaré de ti, ni ahora ni por la eternidad... Y aunque el mundo esté lleno de demonios, aunque mi cuerpo que todavía es la obra de tus manos fuese matado, estirado sobre el potro, despedazado, reducido a cenizas, mi alma es tuya... Sí, tu palabra es mi seguridad de ello. Mi alma pertenece a ti y morará contigo para siempre... Amén... ¡Oh! Dios, ayúdame... Amén..."

   Después de su oración, Lutero leyó la palabra de Dios, repasó sus escritos y buscó formular de una manera conveniente su contestación. El pensamiento de que él iba a dar testimonio de Jesucristo en presencia del Emperador y del imperio, llnó su corazón de gozo. Acercándose la hora, Lutero puso su mano izquierda sobre la Biblia y levantando la derecha hacia el cielo, juró ser fiel al evangelio y confesar libremente su fe, aunque sellara su testimonio con su sangre.

   Llegó el heraldo y le condujo al lugar, pero la Dieta estaba ocupada y tuvo que esperar dos horas. Cayó la noche y fueron encendidas las antorchas y al entrar en el salón, todos esperaban impacientemente el momento decisivo.

   En contestación a la pregunta que se le hizo, Lutero expuso razones para que fueran probados por los escritos de los profetas y apóstoles que sus libros contenían errores, en tal caso, luego que él fuera convencido, se retractaría y sería el primero en arrojar sus libros a las llamas.

   Con indignación el canciller de Treves dijo: "No has contestado la pregunta: ¿Te retractarías o no?" Sin tirubear Lutero dijo: "A no ser convencido por la palabra de Dios, no puedo retractarme", y mirando alrededor, dijo: "Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa, ¡qué Dios me ampare! Amén".

   Todos quedaron atónitos. El Emperador exclamó: "Este fraile habla con razón intrépido y con valor inmutable".

   Volvió a decir el canciller: "Si no te retractas, el Emperador y los Estados del Imperio consultarán qué se debe hacer con un hereje incorregible". Lutero contestó: "Que Dios sea m¡ ayudador, porque no puedo retractar nada". Salió Lutero y la Dieta deliberó. Volvieron a llamarle. Le dijo el orador de la Dieta: "Quiero que digas sencillamente, ¿si mantendrás lo que has dicho o retractarás una parte?". Contestó Lutero: "No tengo otra contestación que dar, que la que he dado". Se levantó la sesión y el canciller dijo: "Mañana se reunirá otra vez la Dieta para saber la resolución del Emperador".

   Regresó Lutero a su hotel acompañado de dos oficiales. Algunos creían que lo iban a llevar a la cárcel para después ajusticiarle. Un inmenso tumulto se hizo. Algunos preguntaron: "¿Lo llevan a la cárcel?", y cuando dijo Lutero: "No, me están llevando al hotel", se sosegó la agitación. Ya descansado en el hotel llegó un criado con una jarra de plata llena de cerveza. Dijo el criado: "Mi maestro le convida a refrescarse con esto". "¿Quién es el príncipe que tan bondadosamente se acuerda de mí?", preguntó Lutero. Contestó el criado: "Vengo de parte del viejo duque de Brunswick". Lutero fue conmovido con este regalo de uno de los más poderosos señores de parte del Papado. "Su alteza", continuó el mozo, "lo ha probado antes de enviárselo". Lutero vació un poco y al beberlo dijo: "Como el duque Eric se ha acordado de mí este día; que nuestro Señor Jesucristo se acuerde de él en la hora de su última lucha". El mozo llevó el recado al duque. Cuando estaba agonizando el viejo duque, vinieron a su memoria estas palabras y dijo a un joven paje, Francis de Kram, quien estaba al lado de su cama: "Toma la Biblia y léemela". El niño tomó la Biblia y leyó: "Cualquiera que diera a uno de estos pequeños un vaso de agua fría a beber en mi nombre, porque pertenecéis a Cristo, de cierto os digo, no perderá su galardón", y el alma del moribundo fue consolada.

   Al día siguente el Emperador, quien había escrito un mensaje con su propio puño y letra en francés, mandó leerlo a la Dieta. Decía que: "Iba a despedir al Agustín Lutero, y que por excomunión y por interdicto, y por todos los medios posibles procedería a destruirle y a sus adeptos como herejes contumaces". Pero esta acción no fue aprobada porque Carlos debía haber consultado la Dieta primero y por consiguiente dos opiniones extremas se manifestaron. El partido papal exigía la muerte de Lutero, desconociendo el salvoconducto; pero muchos de los prícipes de Alemania, aunque católicos, dijeron que tal perfidia no estaba de acuerdo con la integridad de la antigua Alemania.

   Alberto, el arzobispo-alector de Mentz, pidió permiso para hacer un esfuerzo último con Lutero, pero Carlos se negó a autorizar cualquiera comunicación oficial con Lutero; luego agregó: "Le concedo tres días para reflexionar y durante estos días se podría hablarle en lo particular". En consecuencia, el arzobispo de Treves citó a Lutero, pero tuvo que avisar al Emperador de su falta de éxito. Carlos se indignó, con todo, el arzobispo pidió dos días más. Durante estos días, repetidos esfuerzos fueron hechos para ganar alguna concesión de Lutero pero él reiteró la supremacia de la palabra de Dios en todo. Al fin el fallo fue pronunciado: "Martín Lutero, su Imperial Majestad, los electores, príncipes y Estados del Imperio, te han exhortado a someterse varias veces y de distintas maneras pero siempre en vano. Por lo que tanto el Emperador, en su capacidad de abogado y defensor de la fe católica, se halla obligado a recurrir a otros medios. Por consiguiente, él te manda regresar a tu casa dentro de ventiún días, evitando la alteración de paz pública en tú camino, sea por predicar o por escribir".

   Contestó Lutero con mansedumbre su humilde obediecia a todo, con la única reserva -la predicación del evangelio- "porque", dijo Lutero, "San Pablo dice: La palabra de Dios no está presa".

   Habiendo conseguido otro salvoconducto, a las seis de la mañana Lutero se puso en camino acompañado de 20 jinetes y llegó a Frankfort al día siguiente.


alojamiento web gratis
Otros servicios ofrecidos por HispaVista:
Inmobiliaria y Dominios
Consigue una página web gratis o un
alojamiento web profesional con Galeón