Capítulo XIV. Lutero desaparece.
Así escapó Lutero de Worms. Pasó por Eisenach, donde él fue criado. En la iglesia de Hirschfeldt predicó a las cinco de la mañana y a petición de sus amigos, también predicó en Eisenach. Tomó el camino a Mora donde visitó a su abuela, quien murió cuatro meses después; y luego prosiguió su viaje en una carreta. Mientras en Worms, de donde se había salido Federico y casi todos los príncipes del Imperio, dejando los italianos, españoles y los príncipes alemanes más ultra-romanos, se firmó el edicto contra Lutero, una condenación absoluta de él y de todos los que le ayudaren. Sus libros tenían que ser quemados y todos sus adeptos hechos presos. Todos los partidos de roma aplaudieron a gritos: "Es el fin de la tragedia", exclamaron; pero Alfonso Valdés, un español de la corte de Carlos, dijo: "En mi opinión no es el fin, es solamente el principio".
Lutero, acompañado por su hermano Santiago y Amsdorff, tomó el camino en la dirección de Wittemberg. Pasando cerca de la iglesia abandonada de Gilbach, no muy lejos del castillo de Alstein, de repente se oyó un ruido e inmediatamente cinco hombres a caballo enmascarados y armados asaltaron a los viajeros. Santiago se puso en fuga. El carretero hubiera resistido pero uno de los desconocidos con una voz terrible le tiró en el suelo. Otro hizo alejar a Amsdorff. Los otros tres echaron mano violentamente sobre Lutero, poniéndolo sobre un caballo que traían a propósito, en un abrir de ojos desaparecieron en el bosque. Se alejaron a toda prisa, torciendo en varias direcciones para despìstar a cualquier perseguidor. Así siguieron hasta el obscurecer cuando tomaron un camino nuevo. Una hora antes de medianoche llegaron al pie de una montaña. Lentamente hicieron el ascenso hasta la cima, donde había un castillo viejo rodeado por todos lados por los bosques oscuros de las montañas de Thuringia -la fortaleza del Wartburg.
Pronto un grito resonó por toda Alemania: "Lutero ha caído en las manos de sus enemigos". Pero antes de dejar Worms, algunos amigos de Lutero le habían dicho en lo particular que tendría que perder su libertad por causa de la ira de Carlos y del Papa.
Pero su secuestro fue tan hábilmente llevado a cabo, que aún Federico ignoraba por mucho tiempo dónde estaba metido Lutero.
En Warburg, el caballero Jorge (pues así fue conocido Lutero), sin su traje eclesiástico, pudo meditar sobre los acontecimientos asombrosos que le habían acontecido, y sobre su futuro tan incierto.
Toda Alemania fue conmovida con el cautiverio de Lutero. Los católicos temblaban. "La única manera de salvarnos", dijo uno de ellos, "es encender antorchas y buscar a Lutero en todo el mundo para devolverle a la nación que llama". Otros decían que la muerte de Lutero haría que se derramaran torrentes de sangre. Aún en Worms, se acusó públicamente a Carlos V, y a los Nuncios. Pero de repente corrió la noticia: "Nuestro querido padre vive, aunque está en prisión".
El fallo de Carlos con sus terribles sanciones circulaba por millares en el Imperio y en los Países Bajos. En muchos lugares públicos se encendieron hogueras donde quemaron las obras de Lutero. Pero en Alemania continuamente crecía el número de los que las leían. Los Nuncios sintieron mucha decepción viendo el poco efecto de un edicto que había costado tanto y se quejaron que la tinta de la firma de Carlos para el arresto de Lutero apenas se secó cuando el decreto imperial fue hecho pedazos en muchas partes de Alemania.
Mientras, el caballero Jorge disfrutaba de reposo. Podía andar libremente dentro de la fortaleza pero no fuera. Estaba muy agitado por la espectativa del ataque final que Roma estaba pronta a descargar contra la Iglesia evangélica.
En Worms, Lutero había tenido mala salud y su enfermedad se acentuaba en Wartburg. No podía comer el alimento que era mejor que el de su convento y tenía que proporcionarse una comida más humilde. Aunque se quejaba Lutero de flojear, leía la Biblia en hebreo y en griego. Escribió un folleto sobre la confesión auricular. Seguía con la traducción de los salmos y compuso un tomo de sermones y una multitud de otros escritos. Por casi un año exhortaba, enseñaba, reprendía, y tronaba desde su escondite entre las montañas. Poco a poco cobró valor para salir a pasearse en el campo alrededor del castillo. Una que otra vez fue reconocido y su guardían tenía que alejarle con toda prisa.
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