Martín Lutero.

El Fraile que conmovió el Mundo.


   Capítulo XV. La Reforma sigue adelante.

   La obra de la Reforma seguía adelante. La cuestión de los monjes y de los sacerdotes se hizo urgente. Dos sacerdotes se casaron y justificaron el matrimonio por la Biblia, uno de ellos fue encarcelado y murió en la cárcel; en cuanto al otro que vivía en los territorios del príncipe Federico, éste rehusó hacer la obra de policía y no le entregó a las autoridades católicas.

   Lutero ya había dicho que los sacerdotes debían casarse pero el matrimonio de los monjes era un problema mucho más complejo, pues el casamiento de los sacerdotes no implicaba la destrucción del sacerdocio, mientras que el de los monjes implicaba su desaparición. Al principio Lutero que había sido un fraile, se opuso pero al fin vió que somos salvos por la gracia (sin obras), y que la vida monástica que está basada en el supuesto mérito del hombre era en violenta oposición a la gracia. Al poco tiempo mandó a Wittemberg una tesis probando que debían desaparecer los frailes.

   Uno de los resultados de la publicación del edicto de Carlos V contra Lutero, fue animar a los vendedores de indulgencias a comenzar de nuevo su vergonzoso tráfico, y Lutero intimó que él atacaría este comercio. El Elector Federico dijo que no permitiría a Lutero publicar nada en contra de las indulgencias, pero Lutero contestó: "Dice el elector que no me permitirá escribir. Pero de mi parte no permitiré al Elector que no me permita escribir".

   Escribió pues, directamente al arzobispo Alberto una carta terrible y recibió una contestación tan mansa, que asombraba aún más que la carta de Lutero.

   Lutero fue llamado a dar a su nación, las Escrituras en su propio idioma. El mismo Dios que llevó a San Juan a Patmos a escribir su Apocalipsis, llevó a Lutero al Wartburg para traducir su palabra. "Ojalá", dijo Lutero, "que este libro fuera escrito en cada idioma y tomado en las manos, delante de todos los hombres", y en otra ocasión dijo: "Las Escrituras sin ningún comentario personal, son, el sol de donde todos los que enseñan reciben su luz".

   Fue una crisis importante en la historia de la Reforma. La Biblia fue puesta a la vanguardia y Lutero se retiró. Dios se manifestó y el hombre desapareció.

   Se cansó Lutero de su reclusión. Secretamente salió de su prisión y visitó Wittemberg. En estos días el colegio de la Soborna en París había condenado a Lutero y a sus doctrinas; pero Melanchton, un joven de 24 años, alzó el guante que el primer colegio en el mundo tiró y probó incuestionablemente que la herejia estaba en París y en Roma, y la verdad Católica en Wittemberg.

   Por cuatro años la doctrina de "salvación por la fe", había sido predicada. Multitudes habían creído pero la religión exterior quedaba como siempre. En el corazón de muchos surgía una nueva vida pero ritos exteriores de las iglesias, ritos basados en "salvación por las obras, por méritos humanos", todavía se llevaban a cabo. Es posible que a esta prudencia se debió el progreso de la Reforma, porque una repentina Reforma exterior, hubiera provocado una oposición vigorosa. Sin embargo, creencias modificadas tiene que modificar las acciones, y ya se acercaba el momento, cuando tendrían que desaparecer los ritos que fueron asociados por las antiguas creencias. El cautiverio de Lutero separa las dos épocas, la de Reforma de ideas y la de la aplicación de las nuevas ideas a las prácticas religiosas.

   Roma había pensado que quitando a Lutero, había quitado la herejía, pero su ausencia no paró la reforma. En el convento de los Agustinos en Wittemberg, empezó la reforma de prácticas exteriores, un cambio aún más formidable al papado que la reforma de ideas. Gabriel Zwilling, el capellán del convento, predicaba que la misa fue instiruida por Cristo como un recuerdo, que era pecado adorarla, que se debía recibirla bajo dos especies. El Elector, oyendo de las disensiones, quiso disciplinar a los frailes. Los profesores de la Universidad hicieron una visita al convento y rindieron su informe al Elector, en favor de los frailes. Siguió Gabriel predicando. Esta vez habló en contra del sistema monástico y afirmó que la vida de un fraile no estaba conforme con la voluntad de Dios. Trece agustinos abandonaron el convento juntos. Carlstad anunció desde el púlpito que el día primero del año se celebraría la Cena del Señor de una manera sencilla. El consejo de la ciudad quería evitarlo, pero Carlstad (terminando el sermón el día de Navidad), convidó a la congregación a quedarse y después de pronunciar las palabras de consagración en alemán, repartió el pan y el vino en memoria de la muerte de Jesús, a los que desearon participar.


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