Martín Lutero.

El Fraile que conmovió el Mundo.


   Capítulo XVII. Enrique VIII de Inglaterra defiende el católicismo.

   Entre los adversarios de Lutero, se levantó uno de los más grandes reyes del cristianismo: Enrique VIII de Inglaterra. Dijo Enrique: "Es el demonio, quien por medio de Lutero, ha encendido esta inmensa conflagración. Si Lutero no se convierte, que sea quemado junto con sus escritos". Tomó su pluma para escribir contra Lutero. Su obra no estaba mal escrita, tenía algo de fuerza, y todo el mundo católico la recibió con un torrente de aplausos. El Papa León X le confió el título de defensor de la fe, un título que todavía conservan los reyes de Inglaterra.

   Lutero leyó el libro de Enrique VIII y sintió desdén, imaciencia e indignación. La falsedad y el abuso que contenía, y esencialmente el aire despreciativo y la compasión del rey, le irritaron sobremanera. Perseguido, insultado y herido, el feroz león se levantó soberbiamente para aplastar a su adversario. Muchos procuraron apaciguarle, querían evitar que contestara, pero dijo Lutero: "No mostraré mansedumbre ante el rey de Inglaterra", y escribió una contestación: "Es para mí poca cosa despreciar y ultrajar a un rey de la tierra, puesto que él no tuvo miedo en blasfemar en sus escritos al Rey del cielo y profanar su santo nombre, con las falsedades más impúdicas". En conclusión exclamó el pobre fraile: "¡Papistas! ¿Por qué no cesáis vuestros ataques ociosos? Haced lo que queráis, pues ante el evangelio que yo predico, serán sobajados Papas, frailes, obispos, sacerdotes, príncipoes, demonios, la muerte, el pecado y todo lo que no es Cristo o en Cristo".

   Enrique VIII se sintió confundido al ver que toda Europa lo tenía por un escritor vulgar. Tiró la pluma de teólogo y quiso valerse de los medios más eficaces de la diplomacia dirigiéndose al Elector de Sajonia, pero éste y su hermano le remitieron al concilio próximo.

   La persecución que se despertó contra la Reforma resultó muchas veces en su prógreso. Los creyentes esparcidos llegaban a algún lugar donde la Reforma era desconocida. En alguna casa les ofrecían hospedaje, ahí leían algún capítulo del evangelio y lo explicaban, tal vez predicaban en alguna iglesia públicamente y el resultado era algunos convertidos a Cristo. Cuando no podían predicar en alguna iglesia, predicaban al aire libre.

   Muchas veces, cristianos con el Nuevo Testamento en sus manos, tuvieron algunas conferencias y los sacerdotes y los frailes no sabían qué contestar a los dichos de la Santa Escritura, siendo completamente derrotados.

   La imprenta ayudó inmensamente al progreso del evangelio y Lutero con sus amigos, eran incansables en escribir. En un año 498 libros fueron publicados, de los cuales 183 eran escritos por Lutero.

   Después de haber apaciguado al fanatismo de los falsos profetas, Lutero visitó Zwickaw. Tuvo que atravesar los territorios del duque Jorge, en una carreta, sin su hábito de fraile. En esta ciudad 25.000 personas se reunieron para oír la precicación.

   El valor de Lutero fue contagioso. En Worms, donde el decreto del Emperador había asustado tanto a las autoridades, cerraron todas las iglesias. Con todo esto se contruyó un púlpito portátil de madera y una inmensa multitud escuchó a un redicador que con acentos persuasivos anunciaba el evangelio. Si las autoridades deseaban interrumpir, los oyentes se dispersaban llevando el púlpito. Pero luego que pasaba la interrupción, se reunían otra vez en otro sitio y así día tras día en la misma ciudad de Worms se predicaba el evangelio.

   Al fin de 1521, León X estaba en Malliana cuando llegó la noticia de la victoria y captura de Milán. Lleno de gozo se paseaba León toda la noche en su cuarto. Sus guardas suizos descargaron sus carabinas. Regresó a Roma pero apenas entró en el Vaticano, cuando repentinamente se sintió enfermo. "Orad por mí", dijo a sus ayudantes. No tuvo tiempo de recibir el santo sacramento y murió a los 45 años, en la hora de la victoria y entre las vivas de triunfo. La multitud que lo acompañaba al sepulcro le maldecía. No podía perdonarle por haber muerto sin el sacramento y sin haber pagado sus deudas. Dijeron los romanos: "Ganó el pontificado como un zorro, lo retuvo como un león y lo dejó como un perro". Como sucesor de León, fue elegido Adrián VI, quien llegó al Vaticano con su vieja ama de llaves, quien tenía instrucciones de darle la misma comida pobre que solía tomar.


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