Capítulo XVIII. Adrián VI enciende la persecución de nuevo.
El nuevo Papa reconoció el peligro de la reforma y juzgó que el mejor medio de combatirla, sería la reforma de la iglesia efectuada por la misma iglesia, pero dijo: "Lo hemos de hacer, paso a paso". Dijo Lutero: "El Papa quiere decir unos cuantos siglos entre cada paso". Empezó Adrián su tarea, desterrando de la ciudad a todos los perjuros, las personas profanas y los agiotistas. Pronto fue odiado. En especial la restauración de disciplina en la iglesia, encontró una fuerte oposición y un cardenal le dijo: "¡Cuidado! por querer conservar a Alemania puedes perder a Italia". No estaba Adrián contento de sí mismo, dijo: "¡Qué infeliz es la suerte de un Papa, desde que no goza de libertad para hacer lo que es recto!".
La Dieta de Nuremberg se reunió el 23 de Marzo de 1522 cuando se trató principalmente de la invasión de los turcos. En Diciembre del mismo año se reunió con el fin principalmente de tratar de Lutero. El Papa Adrián mandó una comunicación insistiendo en su castigo. Muchos de los prícipes que empezaron a entenderle mejor a Lutero y habían esperado mejores cosas del piadoso y moderado Adrián, quedaron tristes y silenciosos oyendo la carta del Papa, mientras los prelados y demás amigos de Roma, exigieron inmediatamente su muerte.
En las iglesias de Nuremberg las multitudes concurrieron a oir el evangelio. El enviado del Papa, Chieregati, enojadísimo, insistía que los sacerdotes y monjes rebeldes fuesen metidos en la cárcel, pero las autoridades de la ciudad resolvieron defender a los predicadores con la fuerza, si manos violentas fuesen puestas en ellos. Contestó la Dieta al Nuncio que no era legal arrestar a los predicadores en la ciudad libre de Nuremberg sin previa convicción de herejía. El Nuncio dijo: "Yo, en el nombre del Papa echaré mano sobre esos predicadores". Contestaron dos de los príncipes: "Favor de avisarnos cuando pretenda usted hacerlo para que podamos dejar la ciudad". En la carta leída por el Nuncio a la Dieta, Adrián francamente dijo: "Es bien sabido que por muchos años han entrado a la Santa Ciudad ciertos abusos y abominaciones. El contagio se ha extendido de la cabeza a los miembros. Ha bajado de los Papas a los otros eclesiásticos. Es nuestro deseo reformar esta corte romana en donde sale tanto mal. Todo el mundo lo desea y para hacerlo hemos ascendido a la Silla Papal". La Dieta resolvió reunir en un papel todas las quejas de Alemania y enviarlas al Papa. A pesar de la oposición del Nuncio, se formuló una lista de ochenta quejas, agregando que "si no se ponía remedio a estas quejas, dentro de un tiempo limitado, se buscarían otros medios para su alivio". El Nuncio se fue con toda prisa para no tener que enviar al Papa este mensaje tan insolente. Exigía la Dieta un concilio libre y entre tanto resolvió que el evangelio únicamente fuera predicado en Alemania. Adrián altamente indignado, escribió una carta directamente al Elector Federico, llena de amenzas y terminó diciendo: "En nombre del Dios Todopoderoso y de nuestro Señor Jesucristo, cuyo representativo soy en la tierra, declaro que tú serás castigado en este mundo y echado al fuego eterno en el venidero. Arrepiéntete y sé convertido. Dos espadas están suspendidas sobre tu cabeza. La del Imperio y la de la Iglesia". Al recibir la más insolente carta que jamás un príncipe soberano había recibido, Federico miró a la espada que había llevado al santo sepulcro en los días de su fuerza varonil. Escribió a los padres de la Reforma, pero ellos contestaron: "Ningún príncipe puede comenzar una guerra sin el consentimiento de su pueblo y la mayoría del pueblo no desea pelear en pro del evangelio, pues no lo creen". Federico se contuvo.
Al torrente del fuego que derramó el humilde y manso Adrián encendió tanto como una quemazón. La persecución se había aminorado pero Roma ahora se apresuraba a construir patíbulos y hogueras. Especialmente en Antwerp, en los Países Bajos, perteneciente a Carlos V, la persecución fue más severa. El convento de los agustinos allí fue lleno de frailes y convertidos. Los dos principales fueron arrestados y llevados a Bruselas. El prior Probst se retractó, el otro pudo escapar. Entre tanto, el convento no podía contener las multitudes que querían oír el evangelio. Pero en Octubre de 1522 el convento fue clausurado, los frailes encarcelados y condenados a muerte. Tres jóvenes escaparon. Uno, Enrique Zuphten, fue arrancado de las manos de sus verdugos por unas mujeres. Más tarde, ni una piedra del convento quedó sobre otra y muchos de los oyentes del evangelio fueron encarcelados. Probst, quien se había retractado lloró su apostasía y volvió a predicar. Fue prendido de nuevo y parecía inevitable su muerte, pero un franciscano le ayudó a fugarse y llegó a salvo a Wittemberg. Los tres jóvenes fueron descubiertos. Encadenados y traídos a Bruselas, uno pidió un plazo de cuatro días para reflexionar, pero los otros dos, firmemente rehusaron retractarse y fueron quemados vivos. Su firmeza, su juventud y su piedad hicieron aun a los inquisidores derramar lágrimas. Uno dijo entre las llamas: "Me parece que estoy en un colchón de rosas". Sintiendo cerca la muerte, los dos dijeron: "¡Oh, Señor Jesús, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!". En seguida, repitieron en latín el Credo de los apóstoles, entonaron el Te Deum y así murieron. Como resultado de esta fe, Bruselas abrazó el evangelio.
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