Capítulo XIX. Clemente VII y la Reforma.
Adrián VI murió el 14 de Septiembre de 1523 y los romanos, llenos de gozo coronaron la puerta de su médico con un letrero "al salvador de su patria". Clemente VII fue su sucesor. Ya no se pensaba en ninguna reforma religiosa. El nuevo Papa envió al Cardenal Campeggio para reparar los desatinos de Adrián. Al entrar en Augsburg, quiso dar su bendición al pueblo y fue recibido con carcajadas. Entró en Nuremberg como un particular. Ningún sacerdote salió a su encuentro. Ninguna cruz fue llevada delante de él. El reinado del Papado parecía morirse.
Campeggio recordó la Dieta del edicto de Worms y les incitó a suprimir la reforma por la fuerza. Contestaron muchos diputados: "¿Qué pasó con la lista de quejas enviada a Roma?", pero oficialmente no tenía el Papa conocimiento de ella. Además, ni él ni el colegio de los cardenales pudieron creer que un papel de esta índole fuera escrito por ellos.
En contestación, la Dieta agregó una cláusula al edicto: "El pueblo debe conformarse con el edicto lo más posible", haciéndolo así ineficaz. Muchos príncipes habían dicho que era imposible llevarlo a cabo en sus territorios.
A pesar de la fuerte oposición del partido papal, cuando se propuso un concilio general del cristianismo en Alemania, se acordó que una asamblea seglar fuera convocada en Spires en el mes de Noviembre para arreglar todos los problemas religiosos y la Dieta mandó que los teólogos alemanes presentaran una lista de los puntos controvertidos. Esta resolución encendió la ira del Papa. "¡Qué atrevimiento! ¡Constituir un tribunal seglar para resolver asuntos religiosos en oposición directa a la autoridad Papal!". Era necesario mover el cielo y la tierra para evitar que se efectuara la asamblea en Spires.
Inmediatamente Campeggio concertó con los amigos de Roma que se reunieran en Ratisbon para formar una liga política contra la Reforma, y mientras, Eck fue a Roma para obtener más amplios poderes del Papa para los prícipes. Además, el Papa les concedió la quinta parte de los ingresos eclesiásticos para ayudar en los gastos.
La samblea tuvo lugar en Ratisbon, a fines de Julio de 1524, cuando resolvieron destruir a los herejes. También prohibieron a los sacerdotes comerciar, entrar en las tabernas, frecuentar los bailes y discutir sobre sus copas los artículos de fe. En una palabra, la liga de Ratisbon hizo una división política en Alemania y desde aquel entonces la Reforma ya no fue una cuestión religiosa sino un asunto político.
En cuanto a la asamblea en Spires, Carlos V en tono iracundo e impetuoso declaró: "Que únicamente el Papa tenía derecho de convocar un concilio y el Emperador el derecho de demandar uno, y que el de Spires no podía ser tolerado"; además, el Emperador deshizo los arreglos del casamiento de su hermana Catalina con el sobrino del Elector Federico, casándola con Juan, rey de Portugal.
Ratisbon fue seguido por una ola de persecución. Algunos fueron degollados. Algunos pastores evangélicos fueron clavados de sus lenguas a postes, para que arrancándolas violentamente las destrozaran perdiendo así el poder de hablar. Algunos sacerdotes fueron quitados de sus iglesias, algunos nobles destituídos de sus castillos. Por todas partes abundaron los informadaores. Enrique Zupthen, quien había escapado de Antwerp, iba a predicar en Rolstein; estaba de paso y sabiendo de esto el prior de los dominicos y el vicario del oficial de Hamburgo dijeron: "Si Zupthen predica, todo está perdido". El prior fue y persuadió a los cuarenta y ocho regentes de lo prescrito a matarle, sin haberle visto u oído. Predicó Zupthen con grande energía, después recibió la carta de los regentes prohibiendo la predicación. La congregación inmediatamente envió a sus representantes a entrevistar a los regentes y éstos, acordaron esperar hasta la Pascua de Resurrección, pero el prior inflamó otra vez los ánimos y en la noche se tocó la campana de la iglesia y se reunieron quinientos hombres, abrieron tres barriles de cerveza y los frailes llevando antorchas y los campesinos borrachos armados rodearon la casa del pastor donde estaba durmiendo Enrique. Forzaron la puerta, pegaron al pastor, le despojaron de sus enseres, cogieron todo el dinero que había, y levantando a Enrique de la cama, le arrastraron desnudo por la nieve y el hielo. Era una noche de intenso frío. Sangrando sus pies, Enrique pidió ser llevado a caballo. "No hay caballos para los herejes", dijeron, "¡adelante!" y fue pronunciada su condenación. Uno le hirió en la cabeza con una espada, otro con un mazo. Le trajeron un fraile para oir su confesión. "Hermano", le dijo Enrique, "¿te he hecho mal alguna vez?". "No", contestó el fraile. "Entonces no tengo nada que confesarte ni tú tienes algo que perdonarme".
No quiso arder la leña de la hoguera y por dos horas Enrique estuvo entre los campsinos furiosos, tranquilo y con los ojos alzados al cielo. Por fin fue amarrado para echarle a las llamas y Enrique empezó su confesión de fe. Un hombre le dio un manazo en la boca diciéndole: "Muere primero y después puedes hablar". Querían echarle encima del montón de leña, pero cayó a un lado. Uno por fin le mató con un mazo y así le colocaron en la hoguera.
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