Martín Lutero.

El Fraile que conmovió el Mundo.


   Capítulo II. En el convento.

   En 1505 recibió el grado de maestro de artes y doctor en filosofía y después de las ceremonias hubo un desfile con antorchas en su honor. En medio de sus triunfos, sin embargo, su corazón no cesaba de recordarle que una cosa le hacía falta, que debía asegurar su salvación. Traía a la memoria las sanciones que la palabra de Dios denuncia contra el pecado, y se preguntó si estaba seguro de que gozaba del favor divino. Su conciencia contestó, sin titubear: "¡NO!" y como su carácter era resuelto y pronto, resolvió hacer todo lo posible para alcanzar una firme esperanza de la gloria eterna. Dos acontecimientos, acaecidos en seguida, sacudieron su apatía y apresuraron su resolución.

   Entre sus amigos universitarios había uno muy íntimo, llamado Alejo. Corrió el rumor de que había sido asesinado. Después de confirmar la noticia, Martín se preguntó: "¿Qué hubiera sido de mí, si de igual manera hubiera yo muerto sin previo aviso?" y entonces su mente se llenó de los más agudos terrores. Regresando de una visita que hizo en el verano de 1505 a Mansfeldt, donde fue a abrazar a sus padres, y estando a poca distancia de Erfurt entre las montañas, le alcanzó una tempestad violenta, cayendo un rayo a sus pies. Lutero se puso de rodillas, creyendo que había llegado su última hora. La muerte, el juicio final, y la eternidad le parecían inminentes. Él mismo dice: "Rodeado con toda angustia y horror de la muerte, hice el voto solemne de abandonar el mundo y entregarme a Dios. Entraré en un convento, buscaré la santidad en alguna orden monástica y así alcanzaré la vida eterna".

   Entró en la ciudad de Erfurt, con una resolución inflexible. No dijo nada a nadie. Pero una noche, reunió a sus amigos universitarios a cenar, y pasaron las horas alegremente con cantos y música. El mismo Martín fue el alma de la reunión; pero al fin hizo conocer su intención a sus amigos, quienes quedaron estupefactos. Porfiaron con él para quitarle la idea, pero fue en vano pues esa misma noche llamó a la puerta del convento de San Agustín, manifestó su deseo, pasó adentro y fue cerrada la puerta.

   Un mes pasó sin que fuera permitido a nadie verle o hablarle. Su padre quedó atónito. Conociendo la debilidad, la juventud, y las fuertes pasiones de su hijo, su mente se llenó de temores. Supo que la ociosidad de la vida conventual había sido la destrucción de muchos. Él había pensado que Martín se casara con alguna señorita rica y honorable, pero con el paso imprudente que había dado se desvanecieron estas ambiciones. Disgustado le escribió una carta llena de términos despreciativos; le retiró toda su ayuda; le desheredó y le desconoció como hijo suyo. En vano los amigos de ambos intercedieron, diciéndole que debía, como Abraham, ofrecer a Dios lo que más amaba, lo que era su mayor tesoro. Pero el padre, Juan, no quiso escuchar nada, ni a nadie.

   Al entrar en el convento Martín cambió su nombre por Agustín. Los monjes le recibieron jubilosamente. Era para el convento un gran honor que uno de los doctores más célebres, abandonara la universidad para engrosar sus filas. Pero le hicieron abrir y cerrar las puertas, dar cuerda al reloj, barrer la iglesia y hacer el aseo de las celdas. Cuando Lutero había acabado estas tareas, y quería continuar sus estudios, le hacían reproches, forzándole a tomar su morral y salir a la calle a mendigar. "Cum Sacco per civitatem", gritaron los frailes y Lutero tenía que presentarse a las puertas de sus amigos e inferiores para recoger las migajas. Lutero se sometió al yugo con paciencia. ¿No era éste el camino a la santidad? Con una perseverancia inflexible y con una voluntad indómita cumplió con sus obligaciones.

   No duró tanto este aprendizaje severo como podría haber pensado Lutero. La universidad intercedió con el superior y éste le dispensó de esas tareas mezquinas permitiéndole continuar sus estudios. Las obras de los Padres ocuparon su atención, especialmente las de San Agustín y Martín aprendió de memoria las obras de varios de ellos. En las discusiones públicas llenó de asombro a los que le oyeron, pues pudo resolver los problemas más complejos. Pero todo era por vía de distracción. En el convento encontró una Biblia encadenada, y a ella constantemente acudía. A veces meditaba todo un día sobre un solo pasaje y aprendió de memoria fragmentos de los profetas.

   Ardiendo en deseos de alcanar la santidad, Martín cumplía con una puntualidad concienzuda las reglas de la orden. A veces, por siete semanas seguidas, apenas dormía y deseoso de ganar el cielo con sus obras, ayunaba y se mortificaba con disciplinas y vigilia. Su cuerpo estaba demacrado, sus fuerzas eran agotadas y como una sobra Lutero se arrastraba por los corredores del convento, abatido y triste, pues había descubierto que el cambio de vestido no traía un cambio de corazón. Una vez se encerró en su celda y por varios días y noches no permitió que nadie entrara. Por fin Luis Edemberger tocó la puerta, y no habiendo contestación, la rompió y halló a Lutero tendido en el suelo.

   El vicario general Juan Staupitz al hacer su visita periódica al convento notó al joven tan flaco, que se podían contar sus huesos y sus ojos estaban hundidos en las órbitas. Su aire era muy decaído, su rostro agitado y toda su apariencia melacólica y triste. Ganó Staupitz la confianza de Martín y le dijo: "¿Por qué torturas tu alma con tantos temores y especulaciones? Mira las heridas de Jesús y la sangre que derramó por ti. Ahí es donde verás la gracia de Dios. en vez de torturar tu alma pensando en tus pecados, arrójate en los brazos de tu Redentor, confía en él, en su justicia, en la expiación de su muerte. Dios no está enjoado contigo, eres tú el que está enojado con Dios". Pero preguntó Lutero a su venerable guía: "¿Qué dirá usted a tantas conciencias que tienen asignadas mil tareas insoportables para ganar el cielo?".

   La voz de Staupitz le pareció una voz del cielo: "No hay verdadero arrepentimiento, salvo el que empieza con el amor de Dios y de la justicia. Para que seas lleno de amor para el bien, tienes que ser lleno primero del amor de Dios: si deseas ser convertido no tengas curiosidad acerca de todas esas mortificaciones y todas esas torturas. Ama al que te amó primero".

   Sintió mucho consuelo Martín al escuchar estas palabras. Pero otro día la desesperación inundó su corazón de nuevo, alejando su esperanza y gozo. "Oh", dijo, "¡mi pecado! ¡mi pecado! ¡mi pecado!" "Bien", dijo Staupitz, "¿quieres ser pecador en apariencia únicamente, para tener un salvador en apariencia solamente? Debes saber que Jesucristo es el Salvador aun de aquellos que son grandes y verdaderos pecadores, dignos de la condenación más completa". Y muchos otros buenos consejos le dio el venerable vicario general y, regalándole una Biblia, le dijo: "Sea tu diversión predilecta el estudio de las Escrituras".

   En el segundo año de su estancia en el convento, se enfermó y al acercarse a la muerte, revivieron de nuevo sus temores. estando sumido en la desesperación, le visitó un anciano fraile a quien abrió su corazón. Era un hermano muy sencillo, pero él había hallado en el credo mucho consuelo, y para tranquilizar al pobre Martín, repitió las palabras: "Creo en la remisión de pecados". "Oh, sí", dijo Lutero, "yo creo también en el perdón de los pecados". "Pero", dijo el fraile: "tienes que creer no únicamente en el perdón de los pecados de David o los de Pedro, pues esto hasta los mismos demonios lo creen. El mandamiento de Dios es que creamos en el perdón de nuestros pecados, nosotros que confiamos en el Salvador". Prosiguió el anciano: "Oye lo que dice San Bernardo; el testimonio del espíritu Santo en tu corazón es, que tus pecados te son perdonados, por el Salvador". Desde este momento la luz nació en el corazón de Martín. Pronto la salud del cuerpo siguió a la de su espíritu y en la fiesta de Navidad cuando tenía que cantar las palabras: "O beata culpa, quoe talem me ruisiti Redemptorem" todo su ser se regocijaba grandemente al decir Amén.

   A los dos años fue ordenado sacerdote y después empezó a visitar a pie unos pueblos cercanos. En Eisleben iba a verificarse con grande pompa la fiesta de Corpus Christi y allí fue Lutero. Su amigo y superior, el vicario general Staupitz portaba la hostia. El pensamiento de que elSeñor Jesús personalmente estaba delante de él, repentinamente llenó la mente de Lutero con tal terror que casi no podía continuar. El sudor caía gota a gota de su cara; no podía andar erguido y creía que iba a morir. Por fin se concluyó la procesión y Lutero, a solas con Staupitz se echó en sus brazos y le confesó su terror. El buen vicario general, quien hacía mucho conocía al manso y humilde Salvador, le dijo con ternura: "Hermano mío, no fue Jesucristo. Jesús solamente da consuelo. Él no asusta".


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