Capítulo XXI. Las guerras de los campesinos.
Por muchos años antes de la Reforma hubo un movimiento político en el Imperio. El pueblo amenazaba levantarse con furia y romper las cadenas con que fue subyugado civil y eclesiásticamente. En el siglo XV los campesinos se habían rebelado, llevando por insignia un pan y un queso. En otra ocasión la alianza de zapatos apareció y luego la liga del pobre honrado. Estos levantamientos fueron apagados con torrentes de sangre. Desde el principio de la Reforma no había habido estos disturbios. Lutero dijo: "Los que entiendan correctamente mi doctrina no se rebelan".
Munzer, uno de los falsos profetas y fanáticos, andaba hablando a todo el mundo con mucho éxito, de una revolución general y la insurrección empezó en el territorio conocido con el nombre de "la selva negra", cerca del nacimiento del Danubio. En poco tiempo cundió el movimiento y millares se reunieron. Formularon doce demandas, entre las cuales había algunas muy justas y equitativas.
Al principio los campesinos ganaron unas victorias y una parte muy grande de Alemania, por miedo, se hizo partidaria de los revolucionarios, quienes mostraron una crueldad horrorosa. Por fin los príncipes sacudieron su apatía y muy pronto sus ejércitos derrotaron a los mal armados insurrectos. Hubo terribles matanzas acompañadas de una crueldad más terrible aún que los excesos de los campesinos. Los príncipes colgaron los prisioneros de los árboles y el Margrave Casimir de Anspach sacó los ojos de 85 hombres que habían jurado no verle más y después echó al mundo estos ciegos, quienes vagaban por todas partes agarrándose las manos, pidiendo limosna. Esta sublevación fue en el sur de Alemania y cincuenta mil hombres fueron muertos; los campesinos perdieron la poca libertad que habían gozado y la religión romana fue restablecida con todos sus ritos antiguos.
Munzer que estaba en Suiza, regresó a Alemania y se presentó en el norte, donde se apoderó de una ciudad, llamada Mulhausen, donde por un año se portó como dueño y rey. Entonces extendió su influencia y se levantaron en armas millares y millares de campesinos. Los príncipes evangélicos reunieron sus soldados y atacaron a las huestes de los campesinos. Éstos estaban parados esperando el auxilio sobrenatural. Pronto la artillería destrulló la muralla de carretas que sirvió de baluarte y los rebeldes huyeron. Cinco mil personas perecieron en esta ocasión. Desde el principio Lutero no había cesado de predicar contra la rebelión y mientras que la agitación estaba en su apogeo, caminaba por los pueblos apaciguando los corazones con sus palabras. Los demás predicadores evangélicos hicieron lo mismo y lograron devolver la tranquilidad al país. En una ocasión una muchedumbre se reunía para atacar y demoler varios castillos matando a sus dueños; pero Federico Myconius, un predicador evangélico fue solo al lugar donde estaban reunidos y les habló con tanto poder que inmediatamente abandonaron su propósito. Naturalmente los príncipes católicos atribuían la causa de la rebelión al evangelio, pero los campesinos dijeron que Lutero era un vil hipócrita y partidario de los grandes. Además muchos del pueblo que buscaban una reforma política, al comprender que el evangelio brinda libertad espiritual únicamente, se separaron de la reforma.
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