Capítulo XXIV. La primera Dieta de Spires.
El duque de Brunswick trajo del Emperador Carlos V un mensaje lleno de amenzas. Carlos fue a Roma, de ahí a Alemania para persuadir a los herejes con la espada. Su último llamamiento tenía que hacerse en Spires en 1526. Fue abierta la Dieta el 25 de Junio y Fernando personalmente asistió y propusó publicar las formidables órdenes de Carlos.
Los príncipes evangélicos (quienes con todos sus séquitos llevaron un brazal con las letras Vdmiae. La palabra de Dios durará para siempre), pidieron el uso de una iglesia para sus cultos. Su petición fue negada. Indignados, los príncipes se quejaron de injusticia y mandaron a sus ministros a predicar en las salas de sus palacios, donde muchos miles se reunieron de la ciudad y campos alrededor para oir las predicaciones.
Los estados neutrales, deseosos de la paz del imperio se unieron políticamente a los evangélicos, y Fernando juzgó inoportuno leer las instrucciones de Carlos V.
El 1 de Agosto un comité rindió su informe manifestando la necesidad de una reforma de abusos. Entonces el partido papal despertó y Fernando leyó las cartas de Carlos, anunciando una persecución general de los adeptos de la Reforma. El resultado fue tremendo.
Los principales príncipes evangélicos resolvieron abandonar la Dieta, pero se quedaron, en vista de que desde la fecha de las cartas de Carlos (cuatro meses antes), se había efectuado un distanciamiento entre él y el Papa. Repentinamente el Papa declaró la guerra contra Carlos y éste abandonó su propoósito de perseguir a los de la Reforma y escribió a su hermano para suspender la Dieta, tratar a los evangélicos con mansedumbre y ayudar al triunfo de la verdad evangélica. La Dieta no sabía qué hacer y por fin resolvió arreglar otra Dieta al próximo año, estipulando que mientras todo siguiera como estaba, que cada uno hiciera como mejor le pareciera. La indecisión de Fernando fue vencida por la invasión de los mahometanos bajo Solimán II, quienes amenazaban los reinos de Hungría y Bohemia, de los cuales Fernando era heredero.
Carlos V reunió un ejército para la invasión de Italia y los alemanes se alistaron por multitudes, atraídos por la idea mágica de una guerra contra el Papa. Carlos V escribió al Papa expresando su asombro que el Vicario de Cristo se atreviera a derramar sangre para adquirir posesiones terrestres, lo cual, dijo Carlos, es enteramente contrario al evangelio. Pero el Papa no hizo caso. Tomada Milán, fue resuelto que el ejército de Carlos marchara a Roma; pero antes de ponerse en marcha, el Papa y Carlos V concertaron una paz; oyendo esto los soldados españoles se sublevaron e insistieron en marchar a Roma. Los otros siguieron su ejemplo, y amenazaron a sus líderes con la muerte si no los llevaban a Roma. Estos tuvieron que ceder y tomaron el camino para la ciudad eterna. Una neblina ocultó los movimientos de los soldados. Dos de ellos escalaron las murallas y abrieron las puertas y los arrabales de Roma fueron tomados. Huyó el Papa y trece cardenales al castillo de San Angelo. El príncipe de Orange, el nuevo jefe del ejército, ofreció al Papa la paz si pagaba trescientas mil coronas, pero el Papa rehusó. Después de cuatro horas se renovó el ataque y al caer la tarde toda la ciudad estaba en poder del ejército de Carlos V.
Entonces empezó el famoso saqueo de Roma. Los españoles mostraron grande habilidad en descubrir los escondrijos más misteriorsos, pero los napolitanos eran los que más cometían ultrajes. Por todos lados se oyeron los gritos desesperados de las monjas y mujeres arrastradas por los soldados en tropel a satisfacer sus deseos carnales. ningún edificio ni ninguna persona fue perdonada. Quitaron hasta el anillo de oro que llevaba el cadáver del finado Papa Julio II. Los alemanes hicieron pasar por las calles a los prelados montados en burros y después de haber pagado su rescate a los alemanes, los españoles les agarraron y tenían que pagar otra vez. Los alemanes hallaron su diversión burlándose de los altos sacerdotes y de los frailes; pero los católicos españoles, para vengar el hecho de que Clemente VII les había llamado moros, mataron a muchos prelados con horribles torturas. Duró el saqueo diez días y no terminó sino hasta reunir un botín de diez millones de coronas de oro y haber dado muerte de cinco a ocho mil víctimas.
Clemente VII se rindió. Renunció toda alianza contra Carlos y consintió en quedar prisionero hasta que acabara de pagar al ejército cuatrocientos mil ducados. Como consecuencia de la toma de Roma, la reforma gozó tranquilidad desde 1526 hasta 1529. Durante este tiempo se procedió a la organización de la iglesia. Se podía elegir entre tres sistemas alternativos:
1.- Conservar el orden episcopal de Roma, quitando al Papa y sus cardenales (como fue hecho después en Inglaterra).
2.- Volver al orden democrático de los tiempos apostólicos (como había propuesto Zwinglio y que Calvino después llevó a cabo más o menos, un sistema que perduró en Francia, Suiza, Holanda, Escocia y aun en Inglaterra, de donde más tarde pasó a Norteamérica), y
3.- Un término medio entre estos dos extremos.
En Alemania fue propuesto un sistema de mucha sencillez, tanto en cuanto al gobierno como en el orden del culto.
Todo hombre piadoso podía ser obispo si quería, siendo un obispo un sencillo ministro de la Palabra de Dios. Cada iglesia podía elegir su propio pastor y debía proveer lo necesario para él y su familia. Los negocios de la iglesia tenían que arreglarse cada domingo en una reunión especial, y cada año había un sínodo general de todas las iglesias en el país. Había tres visitadores (más tarde seis superintendentes), que visitaban constantemente todas las iglesias para aprobar los nuevos obispos (ministros), y ver que se llevaran a cabo los decretos del sínodo.
Sin embargo, en la práctica, Lutero y Melanchton, trabajaban no para dar a la iglesia el mejor modo de culto que se podía imaginar, sino el mejor posible. "Le ruego", escribió el último a un visitador, "no introducir innovaciones, conserve todas las antiguas ceremonias que se puedan".
Lutero publicó en 1529 dos catecismos, el grande y el pequeño y éstos posiblemente fueron los escritos de más utilidad para propagar la antigua fe de los apóstoles en las nuevas iglesias.
Hubo una reacción poderosa en 1527 y amenzas de muerte por la espada, por el fuego y por el agua fueron publicadas por el rey Fernando, contra los que decían que María era como las otras mujeres, o que tomaban la cena del Señor de una manera herética o que consagraban el pan y el vino no siendo un sacerdote católico romano.
Lutero al contrario, se opuso al derramamiento de sangre, dijo: "Ando muy lento cuando se trata de la vida, aunque el que ofenda tenga culpa gravísima. No puedo de ninguna manera conceder que los que enseñan doctrina falsa sean muertos. Basta quitarlos de su puesto".
Otho Pack, vice-canciller del Duque Jorge de Sajonia, falsificó un documento que parecía ser un convenio entre muchos duques católicos y obispos para exigir al elector la entrega de Lutero y de los demás evangélicos, y si no perdería el elector todas sus posesiones. Creyendo que el documento era genuino, los evangélicos se apresuraron a defenderse, reuniendo un ejército poderoso y se proveyeron de abundante dinero. Si los mismos reformadores hubieran sido influenciados, todo hubiese sido perdido; pero Lutero y los otros clamaron a Dios y su grito fue oído.
Los príncipes evangélicos resolvieron retener un ejército sobre las armas y mandaron la copia del documento falsificado a los príncipes católicos, quienes con indignación manifestaron que era un fraude. Pack fue degollado.
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