Capítulo XXVI. El concilio de Augsburg.
El 21 de Enero, Carlos V convocó a todos los Estados del Imperio en Augsburg. Dijo: "Conviene que aniquilemos todo lo que se ha dicho y se ha hecho por ambos partidos, que peleemos bajo el uno y el mismo lider, Jesucristo, y procuraremos así llegar a una comunión, a una iglesia y a una unidad". El concilio tuvo lugar en Junio 15 de 1530.
Carlos V quiso ser coronado por el Papa. El día 22 de Febrero de 1530 recibió la corona de oro, como Emperador de Alemania. Cuando el Emperador besó la cruz blanca bordada en la pantufla roja del Papa, exclamó: "Juro ser, con todos mis poderes y recursos, el defensor perpetuo de la dignidad pontificial y de la Iglesia Romana".
En seguida Carlos V se puso en marcha para Alemania, para presidir el concilio laico de Augsburg. El Elector de Sajonia y demás príncipes evangélicos deseaban prersentar los artículos esenciales de su creencia y Melanchton y otros teólogos fueron comisionados para hacer el escrito. Lutero y dos compañeros deseaban tener el honor de presentar los artículos en persona a Carlos, pero el Elector contestó: "Que no lo permita Dios, yo también deseo confesar a mi Señor y Salvador". Para animar a los acompañantes del Elector, muchos de los cuales se pusieron en camino llenos de temores, Lutero escribió la letra y música de este himno ya famoso: "Ein feste burg ist unser gott". "Castillo Fuerte es Nuestro Dios". Durante la Dieta, no sólo en Augsburg sino en toda Alemania fue entonado este cántico, levantando los ánimos e inspirando las mentes más decaídas para restaurar la unidad a Alemania.
En las filas del Emperador había dos partidos, el del Papa que quería que fuera revivido el edicto de Worms, y que fueran condenados los Protestantes sin oirlos. El otro quería que fuera llamado un concilio religioso libre, para restaurar a Alemania la unidad.
Carlos V habiendo hecho un convertido del ex aliado rey de Dinamarca, Cristiano, pensó procurar la conversión de Juan, el Elector de Sajonia, el primer de los príncipes evangélicos, en una entrevista privada; pero éste contestó que no era propio tratar los asuntos de la Dieta en otro lugar que el que el mismo Emperador había señalado.
Los evangélicos a su vez, deseando convertir al imperio, abrieron la catedral y otras tres iglesias, y todos los días el evangelio era predicado a inmensas congregaciones. Carlos V mandó que se suspendieran las predicaciones, pero el Elector contra la opinión de Lutero y otros que fueron unánimes en recomendar la suspensión, contestó: "No es cierto que aceptemos el edicto de Worms. En cuanto a las predicaciones nada se dice en ellas, sino la gloriosa verdad de Dios, y jamás fue tan necesaria para nosotros como actualmente. No podemos vivr sin ella".
Mientras se terminó de redactar la apología de los Protestantes, o sea los artículos de su fe, Lutero, quien se quedó en el castillo de Coburg no cesaba de escribir cartas que animaron y aconsejaron a los del partido evangélico, y de publicar folletos que confundieron a los adversarios. El fue un verdadero general en la guerra espiritual de Augsburg. Entre otras cosas escribió a los católicos: "Sabemos y vosotros sabéis que tenemos la palabra de Dios y vosotros no la tenéis. ¡Oh Papa! si vivo, seré tu plaga, si muero, seré tu muerte".
Eck, el antiguo enemigo y adversario de Lutero dijo que había hallado cuatrocientas cuatro herejías en los escritos de éste, y pedía a gritos una discusión pública.
Al entrar el Emperador en Augsburg los príncipes evangélicos se apearon para saludarle. Carlos V hizo lo mismo, a pesar de haber sido rogado por ellos a no hacerlo. Aparte tres Cardenales de la Iglesia romana, esperaban en una pequeña subida, y viendo abajo a estos altos personajes juntos, el Nuncio Campeggio levantó sus manos en bendición. Todo el mundo, menos los protestantes cayeron de rodillas. Así confesaron su fe.
Llegó el Emperador al palacio. Invitó a cinco de los príncipes evangélicos a su cámara particular y les dijo (el rey Fernando interpretando): "Su Majestad pide que cesen los sermones". Después de mucho silencio, uno contestó: "Rogamos a vuestra majestad retire su orden, no podemos privarnos de la Palabra de Dios". Subió el rojo a las mejillas de Carlos. "Su Majestad no puede retirar su demanda", dijo Fernando. Replicó el mismo príncipe: "Vuestra conciencia no tiene el derecho de imponerse a la nuestra". Como siguió Carlos insistiendo, uno de los dos príncipes de mayor edad, el Margrave, no pudo aguantar más silencio y, extendiendo su cuello hacia Carlos, con honda emoción dijo: "Antes de permitir que me sea quitada la Palabra de mi Señor, antes de negar a mi Dios, me hincaría ante vuestra majestad para que me quite la cabeza". Al decir esto el príncipe dejó caer sus manos sobre su cuello como si fuera el hacha del verdugo. Hondamente conmovido Carlos, dijo: "Querido príncipe, no la cabeza, no la cabeza".
Ya que Fernando vio la firmeza de los príncipes evangélicos, que puesto que no querían suspender sus propias asambleas, a lo menos que asistieran a la fiesta de Corpus Christi al día siguiente. "Si no querían hacerlo por diferencia con el Emperador, que lo hicieran por la honra del Dios Todopoderoso".
Esta proposición irritó aún más a los evangélicos, quienes contestaron: "Cristo no instituyó su sacramento para ser adorado". Carlos insistió. Los evangélicos persistieron en su negativa, Carlos les señaló un plazo para reflexionar y decía que esperaría su contestación temprano al otro día.
El Emperador se llenó de enojo y molestóse, no pudo dormir y a media noche mandó a un mensajero demandando la contestación. El Elector replicó que necesitaba dormir, que de mañana le avisaría. En la mañana no tan sólo reafirmaron su negativa, sino dijeron que estaban resueltos a purgar la iglesia de estas tradiciones humanas impías.
Otra vez el Emperador les ordenó asistir a la fiesta de Corpus Christi: "Nuestra conciencia nos lo prohibe", replicaron. Dijo Carlos V: "Su Majestad quiere ver si ustedes le obedecen o no". Y se salió del salón.
Se verificó la fiesta a medio día, pero había caído en tanto desprecio que menos de cien de los ciudadanos de Augsburg asistieron. Carlos V, herido hondamente, propuso dar a los príncipes evangélicos un salvoconducto que hubiera resultado infaliblemente en una guerra religiosa, pero sus consejeros prevalecieron con grande dificultad en persuadirle en contra.
El Emperador luego quiso suprimir las predicaciones evangélicas, pero los protestantes contestaron que como la Dieta era para juzgar con imparcialidad cada doctrina, esto equivaldría a condenar las doctrinas evangélicas de antemano. Los consejeros del Emperador, entonces propusieron que se suprimiesen las predicaciones de ambos partidos, y que solamente predicadores nombrados por el Emperador podrían tomar la palabra, y así fue convenido.
Esta primera victoria animó a los católicos y luego insistieron que el elector, como Mariscal grande del Imperio, debía asistir a todas las ceremonias de la Dieta, inclusive las religiosas. pero la firmeza del príncipe no fallaba. Cuando todos adoraban la hostia, él se quedaba en pie.
En seguida el partido católico quiso aplazar la cuestión religiosa, hasta el fin de la Dieta, y que fuera considerada en un comité secreto. Pero los evangélicos insistieron en la necesidad de hacer su confesión públicamente.
La confesión fue revisada por última vez por los protestantes y después todos la firmaron. Cuando el elector iba a firmar, Malanchton le quería estorbar, alegando que no era conveniente dar un cariz político a una confesión religiosa. El príncipe contestó: "Dios no permita que me excluya. Deseo confesar al Señor. Mis honores mundanales no son tan preciosos para mí como la cruz de Jesucristo. Esos los tendré que dejar en la tierra. La cruz de mi Maestro me acompañará al cielo", y firmó. La mayor animaciòn se vio en los príncipes y unánimemente exigieron que la confesión fuera leída en público. Muchas estratagemas fueron empleadas por Carlos V para evitar esto pero tuvo que acceder.
Lutero desde Coburg animaba y aconsejaba a Melanchton y a los demás. Consagró tres horas diarias a la oración (Las mejores del día), y su firmeza, su alegría y su confianza eran asombrosas. Al fin de una carta dijo: "Si caemos, Cristo caerá con nosotros, es decir, el Maestro del mundo. Yo quisiera antes caer con Cristo que estar en pie con César".
Por fin el día 25 de Junio de 1530 llegó. Carlos V se sentó en su trono. Juan, el elector de Sajonia y los demás príncipes evangélicos estaban en pie. El Emperador les dio la señal de sentarse. El contraste entre lo que aconteció hacía nueve años y ahora, ocurrió a todos. Entonces un pobre farile, solo, estuvo en presencia del Imperio, abogando por la misma causa, y ahora comparecen en su lugar los principales electores, príncipes y ciudadanos del Imperio. ¡Qué notable triunfo!
Los dos cancilleres avanzaron y se pararon ante el trono, teniendo dos copias de la Confesión en sus manos, una en latín, y la otra en alemán. El Emperador exigió que fuese leída la latina. Contestó el elector: "Somos alemanes, en suelo alemán, espero que vuestra majestad nos dará permiso para hablar en alemán". Tuvo Carlos que consentir.
El canciller Bayer empezó a leer las confesiones evangélicas. Su voz fuerte, sonora y clara alcanzó aun a los que estaban fuera de la capilla. Después de manifestar el deseo amigable de llegar a la unidad de la fe, los protestantes ofrecieron comparecer ante un concilio general, libre y cristiano si no se podían arreglar las diferentes en la presente Dieta. En seguida la confesión primeramente tocó las doctrinas predicadas por los evangélicos y dijo Bayer: "Lo que he leído es un sumario de la doctrina profesada en nuestras iglesias. Se puede ver que en ningún modo está en desacuerdo con la Escritura, con la iglesia católica, ni con la iglesia romana, según sus propios doctores, y por lo tanto, rechazarnos como herejes, es una ofensa contra la unidad y la caridad". La segunda parte de la confesión, trató de los errores y abusos; y la última de la autoridad civil de los obispos. Sostuvo que el poder de la iglesia y del Estado jamás deben mezclarse, como dijo Jesús: "Mi reino no es de este mundo". Concluyó diciendo: "No es por odio que hemos hablado, ni con la mira de insultar a nadie, sino hemos explicado las doctrinas que consideramos esenciales, para dar a entender que no admitimos ningún dogma ni rito contrarios a la escritura, ni al uno de la Iglesia Universal".
Dos horas duró la lectura. Los protestantes fueron llenos de gozo. Escribió Lutero al elector: "Los adversarios creen haber hecho una maravilla prohibiendo las predicaciones en las iglesias y no ven, pobrecitos, que la lectura de la confesión en presencia de la Dieta, es mejor que los sermones de diez doctores. Prohibieron anunciar el evangelio en público en el púlpito y lo oyen en el palacio. Los pobres ministros no pueden predicar, y los grandes príncipes lo proclaman. Se prohibe a la servidumbre escucharlos, y los maestros forzosamente han de oirlo. No quieren tener que ver con el evangelio en la Dieta y han de oir más en un día, que por regla general oyen en un año". Dijo otro: "Desde el tiempo de los apóstoles no ha habido una obra más grande ni una confesión más magnifica..." Los católicos fueron hondamente conmovidos. El duque de Bavaria dijo a Eck: "Doctor, me había dado una idea muy diferente de la doctrina de los protestantes y de todo este negocio. ¿No puede usted refutar con sólidas razones la confesión del elector y sus aliados?". Contestó Eck: "Con los escritos de los apóstoles y profetas -no-, con los de los Concilios y de los padres -sí-". Replicó el Duque: "Comprendo; los protestantes, según usted, están en las Escrituras, nosotros estamos fuera".
"¿Qué contestación se ha de dar a la confesión?", preguntó Carlos al senado. Hubo tres proposiciones y al fin resolvieron que los católicos romanos la refutaran. Veinte doctores y teólogos pusieron plumas a la obra. El 3 de Agosto, 39 días después, la refutación estava lista, había sido revisada, pues la primera consistía de 2890 páginas, que Carlos le devolvió para su corrección. En la refutación la iglesia romana concedió que la fe era necesaria en el sacramento, aceptó alguno de los artículos de la Confesión de los Protestantes, modificó otros y rechazó algunos. Al terminar la lectura, Carlos V insistió que los protestantes aceptaran la refutación; si no, él recordaría de su oficio y sabría demostrar quién era el abogado y defensor de la iglesia romana.
Los protestantes solicitaron una copia de la refutación. Como era ya tarde, Carlos aplazó su decisión en cuanto a esto, al otro día, se retiró lleno de mal humor. Los evangélicos se retiraron llenos de paz y confianza. La refutación había revelado una grande ignorancia del evangelio por parte de los teólogos romanos y decían: "Ciertamente la iglesia no puede estar donde no hay ningún conocimiento de Cristo". Carlos ofreció a los evangélicos una copia de la refutación, bajo las condiciones que "no contestaran, que no la imprimieran, ni comunicaran su contenido a nadie". Contestaron los príncipes que preferían rehusar la copia en tales circunstancias. En efecto, rechazaron todo lo que el Emperador les ofreció. Consternación y asombro se vio en los rostros de los católicos, pues la contestación significaba: rebelión, guerra. Hubo mucha exaltación de ánimos de parte de los romanos y casi vinieron a las manos en la misma presencia del Emperador. El partido romano encabezado por el Nuncio Campeggio, aconsejó una liga para exterminar absolutamente a los herejes, pero Carlos obró con mucha moderación aunque creía que el silencio de los príncipes evangélicos indicaba debilidad. Porfiaba con ellos a someterlos, pero los evangélicos dijeron que iban a presentar una refutación. Entre tanto el Papa había reunido los cardenales en Roma, para considerar el ultimátum de los evangélicos. El Papa resolvió rechazar todas las concesiones ofrecidas por ellos y así desapareció toda esperanza de conciliación.
La mayoría en la Dieta empezó a preparar los medios para apagar el fuego de la Reforma, encendido por Lutero. Italia se comprometió a enviar unos regimientos de caballería. Enrique VIII de Inglaterra ofreció una fuerte cantidad de dinero para ayudar a los gastos de destruir a los herejes. Por todas partes se oía el grito de guerra y sangre. De repente, en la noche del sábado 6 de Agosto, se oyó el galope de los soldados en Augsburg. El Emperador tomó posesión de las puertas de la ciudad a las tres de la mañana. Los regimientos alistaron sus armas y el elector y sus aliados evangélicos fueron estrictamente vigilados. Todos presagiaron una matanza de los protestantes.
Pero sucedió que, la tarde anterior, Felipe, el langrave de Hesse, sospechando el peligro de que Augsburg pudiera llegar a ser la cárcel de los protestantes, se había escapado de la ciudad sin decir nada a nadie. Este príncipe había dicho a los obispos católicos en plena asamblea: "Señores míos: dad paz al imperio, os rogamos. Si no, y si tengo que caer, estad seguros que arrastraré a uno o dos de vosotros conmigo". A las 8 de la mañana del sábado, hubo una sesión de la Dieta, y los príncipes de ambos partidos notaron su ausencia, pero no le dieron mucha importancia. Cuando el secreto fue divulgado, inmediatamente hubo una revolución de opiniones en la Dieta. Parecía que un rayo había caído. Todos vieron en su apresurada partida, una declaración de guerra y nadie estaba listo, ni aún quería estar aparejado. El mismo Carlos V creyó que este paso había sido deliberadamente resuelto en el concilio de los protestantes. Los feroces lobos fueron transformados repentinamente en corderos mansos y dóciles. Aunque era el día domingo Carlos convocó a la Dieta inmediatamente. Por boca del conde Federico, el Emperador rogó que "todos le ayudaran al feliz éxito de la Dieta y así recibirían su agradecimiento". Los protestantes contestaron que harían todo en pro de ese fin pero suplicaron al Emperador que cancelara la orden de tener cerradas las puertas y que les asegurara que no habría una repetición en el futuro. Con una disculpa fue anulada la orden, y las puertas fueron abiertas. Todos los del partido católico expresaron el deseo de que hubiera paz.
Abandonó Roma la fuerza, ahora procuró ganar a los protestantes con humildad y cariño. Se constituyó una comisión para estudiar los 25 artículos que trataban de dogma, de los cuales solamente hubo seis o siete dudosos. Al fin estuvieron de acuerdo todos, menos tres, que ofrecieron una diferencia fundamental.
El primero, era el de las penitencias. Los protestantes aceptaron dos de sus partes, contrición, confesión, pero rechazaron la tercera: satisfacción. Roma por fin concedió que la penitencia impuesta por el sacerdote, no consigue la remisión de la culpabilidad del pecado, pero que es necesario para obtener la remisión de la pena. El segundo artículo era la invocación de los santos. El tercero, justificación por la fe. Este último los teólogos romanos lo rechazaron con mucha soberbia.
Los dos partidos, se había aproximado mucho más de lo que se esperaba. Pero los teólogos romanos, interpretando los artículos en el sentido romano, estuvieron de acuerdo solamente en apariencia, no en realidad. Pensaron que con unos momentos de disimulación la victoria sería suya; pues los teólogos protestantes aún reconocieron al Papa como el obispo supremo de la iglesia, aunque por derecho humano. Siguieron las concesiones por ambos partidos, pero mientras Melanchton, deseoso de reunión, admitía como no esenciales ciertas ceremonias, ayunos y modos de culto, no faltaban los que hablaron claro. Dijo el canciller Buick: "No podemos reconocer al Papa, porque decimos que él es el Anticristo y porque reclama el Papado por derecho divino".
Lutero sintió mucha alarma, por oir que su obra estaba cayendo en ruinas, en las manos de Melanchton. Escribió: "Me dicen que ustedes están haciendo una obra maravillosa, es decir, quieren reconciliar al Papa y a Lutero. Pero el Papa no quiere y Lutero pide que se le dispense. Los católicos se quejan que condenamos toda la iglesia. No la condenamos, pero ellos condenan toda la Palabra de Dios y la Palabra de Dios es más que la Iglesia".
Cuando llegó el fallo de Roma que no había de hacer ningunas concesiones, Campeggio, el Nuncio Papal, exigió a los protestantes una capitulación incindicional. Inmediatamente los protestantes recobraron su valor y la rechazaron. Hubo sin embargo, otra comisión pero al fin los teólogos católicos tenían que informar al Emperador que no era posible llegar a un acuerdo, que había tres puntos de diferencia y que era imposible acercarse más.
Carlos V, habiendo recibido de Clemente VII, la concesión de un concilio, dijo que: "señalaría a Roma como el lugar del concilio si los protestantes aceptaban por mientras las doctrinas y prácticas de la iglesia católica romana". Cosa que negaron hacer.
Lutero entretanto insistía que los evangélicos salieran de Augsburg y después de muchas demoras lo hicieron. La Dieta fue clausurada después de leer la resolución que concedía a los evangélicos seis meses para someterse al papado pero con la condición que se se unieran al Emperador en una guerra de exterminio contra los evangélicos de Suiza. También prohibió que los protestantes imprimieran o vendieran algo religioso o hacer convertidos, ya que la confesión de los protestantes había sido rotundamente refutada por las Sagradas Escrituras.
Los evangélicos contestaron que desde que su confesión fue basada en la Santa Palabra de Dios era imposible refutarla por ella y quisieron entregar su refutación de la refutación católica.
Carlos V, estaba resuelto a hacer a los evangélicos aceptar la resolución, pero otra vez rehusaron. El Emperador añadió amenazas sobre amenazas, sin lograr quebrantar su firmeza.
El Emperador había escrito al Papa en Octubre 4 dándole cuenta e implorándole que sostuviera la tarea de sujetar a los protestantes. Veinte días más tarde, Carlos escribió a los Cardenales: "No perdonaré ningún reinado o señorío y emplearé aun mi cuerpo y alma para completar la obra necesaria".
El 11 de Noviembre el fallo preliminar de la Dieta fue leído a los diputados, pero ellos lo rechazaron diciendo que el poder civil del Emperador no atañía a asuntos de fe. El día 19, el fallo fue leído en presencia de Carlos V y fue aún más hostil para los protestantes, y el Emperador prometió hacerlo efectivo al regresar de sus estados de los Países Bajos.
Llegó el momento de despedirse, fue un momento de mucha emoción. Los católicos no dudaban que los protestantes se armarían en seguida y el pensamiento les llenó de miedo. Aun Fernando, el hermano de Carlos V dijo que buscaría todos los medios posibles para evitar una conflagración. Con todo, los evangélicos regresaron a sus hogares en triunfo. La Dieta convocada para aplastar a la Reforma, la afirmó para siempre. El año de 1530 fue la fecha de la victoria del cristianismo evangélico. Es cierto que tuvo que haber guerras (porque Roma empleó todo su poder temporal) y que después de 25 años de lucha, la paz de Vestfalia fue firmada, estableciendo la legalidad del protestantismo, pero 1530 es la fecha cuando se manifestó que las doctrinas evangélicas se habían arraigado en el mundo de tal manera que todo el poder humano e infernal, jamás podría arrancarlas.
El resultado más importante de la Reforma fue la convicción:
1.- Que no ha de aceptarse como verdad, lo que es antiguo, sencillamente por ser antiguo.
2.- Que tampoco ha de aceptarse como verdad por decirlo cualquier autoridad, sino solamente por la autoridad de la verdad misma, y
3.- Que todo puede ser examinado y solamente lo que puede soportar las pruebas que la razón y la experiencia puedan sugerir, puede justificar su derecho de ser aceptado como la misma verdad.
4.- Que aunque un apóstol o un ángel del cielo enseñase algo que sea contrario a las Sagradas Escrituras, sea anatema. Gálatas 1:8,9.
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