Capítulo XXVII. La vida hogareña de Lutero.
Los últimos años de su vida, Lutero los pasó en el seno de su familia, hallando su hogar en el antiguo convento de los franciscanos en Wittemberg, que le dio el elector Juan. Tuvo seis hijos, Juan, Isabel, Magdalena, Martín, Pablo y Margarita.
El salario anual que recibía Lutero, era de 200 florines y confesó: "Tengo que gastar más de 500 florines anuales, sin tomar en cuenta los gastos para los niños, las cosas extras y lo que regalo en caridades. El mantenimiento de mis parientes pobres y hospitalidad para los extraños que me visitan me tienen muy pobre. Pero soy más rico que los teólogos romanos, porque estoy contento en lo poco. Además tengo una esposa que es una ayuda idónea en verdad. La estimo más que el reino de Francia; me ha sido una esposa buena, dada y presentada a mí por Dios como yo fui dado a ella. Amo mucho a mi Catalina, sí, le amo más que a mí mismo. Esto ciertamente es la verdad. Gustosamente moriría yo antes de que se muriera ella y los niños".
Lutero era siempre muy hospitalario. A Wittemberg llegaron constantemente doctores y estudiantes de todos los países y casi no pasaba una semana sin haber huéspedes en su casa. A su mesa solían encontarse amigos, estudiantes, doctores, extranjeros y toda clase de curiosos que vinieron para conocer al afamado doctor.
Mientras que comían, la conversación era muy agradable y provechosa. Sabía Martín muy bien cómo unir lo serio con lo jocoso. Sus amigos coleccionaron muchos de sus dichos y fueron publicadas en un libro: "Pláticas de Sobremesa del Dr. Lutero". Después, cantaban himnos de alabanza a Dios y a veces tocaba Lutero el laúd, pues le encantaba la música.
Para los indigentes era muy caritativo. Un día, un pobre estudiante vino y con lágrimas manifestó su necesidad. Cómo Lutero no tuvo dinero, tomó una copa de plata e iba a dársela, cuando su esposa le dijo: "¿Vas a regalar toda la casa?" Aplastando la copa con su mano, dijo Lutero: "Llévala pronto al platero, no la necesito".
Un pobre desterrado, por su fe, hallándose sin recursos, fue a Lutero. Este no tenía más que una moneda que llamaba "Joaquín", porque tenía la efigie de él y que había guardado cuidadosamente. Sin pensar mucho, Lutero abrió su portamoneda y dijo: "Joaquín, sal fuera, aquí está el Señor Jesús", y se la entregó.
Lutero se negaba a recibir las recompensas que los libreros le ofrecían por sus libros. Estos le ofrecieron darle hasta cuatrociendos duros anuales por la edición de sus libros, mas no lo aceptó, diciendo que no quería vender los dones que Dios le había dado. Rehusó muchas veces los regalos que le hacían sus amigos y aun los del mismo elector. Además no cobraba nada a los estudiantes por las clases que les daba.
No faltaban en su hogar las pruebas comunes a la humanidad. Varias veces él mismo tenía enfermedades graves y en los últimos años sufrió mucho de cálculos y reuma en la cabeza que le causaba vértigos y zumbidos en los oídos.
Lo que más sentía era el fallecimiento de su hija Magdalena, quien murió a la edad de catorce años, después de casi tres semanas de angustiosa efermedad. Lutero amaba mucho a su esposa y a sus hijos y sufría mucho viendo los padecimientos de Magdalena. Cuando ya había poca esperanza de alivio, Lutero oró: "Señor, ya que es tu voluntad llevártela, me da gozo saber que estará contigo". En sus últimos momentos, Lutero dijo a su hija: "Malena, mi muy querida hijita: ¿No es verdad que desearías ir con tu amado Padre celestial?" La niña contestó: "Sí, como Dios disponga, mi querido papá".
La niña murió en sus brazos el 20 de Septiembre de 1542, a las nueve de la noche. La madre llorando amargamente, estuvo un poco retirada de la cama, porque no aguantaba ver que su hija se moría, Lutero dijo: "Querida Cata, has de pensar a dónde va nuestra hija. Le va muy bien, de verdad". Cuando ya estaba colocada en su caja, Lutero dijo, dirigiéndose a la niña muerta: "Malenita, ¡tú eres muy feliz! Resucitarás otra vez y brillarás como las estrellas, sí, como el sol". A los que estaban presentes dijo: "Según el espiritu, en verdad me regocijo, pero según la carne estoy muy triste. Estas separaciones son dolorosas. Es extraño saber que ella está bien y en paz, y con todo, nosotros estamos tan tristes".
A los que fueron al entierro les dijo: "Vosotros debéis regocijaros, he enviado a una santa al cielo, sí, una santa viva. Ojalá, y si semejante muerte fuera nuestra, yo la aceptaría al instante". Después del entierro dijo: "Ya se ha cuidado tanto del cuerpo como del alma de mi hija. Nosotros cristianos no tenemos nada de qué quejarnos, sabemos que así ha de ser, tenemos la más grande seguridad de la vida eterna, porque Dios, que no puede mentir nos la promete por su Hijo y por el amor de su Hijo".
Entre las obras literarias que dejó Lutero al mundo, la Biblia en alemán es la más grande y gloriosa. En sus días se usaba exclusivamente la Biblia en latín, pero la gente no podía comprarla, ni le era permitido leerla. Cuando la Biblia apareció, la primera edición fue agotada en unas pocas semanas. Fue recibida con gran regocijo y muchos miles de almas sedientas, bebieron de esa agua de vida tan clara, pura y dulce que verdaderamente satisface. Dijo el pueblo: "Antes oíamos el evangelio de los labios de Martín Lutero, ahora escuchamos a la misma voz de Dios".
Un violento antagonista de Lutero, Cochleaus, escribió: "El Nuevo Testamento de Lutero, ha sido multiplicado y distribuido en tan grandes cantidades, que los sastres y zapateros, y aun las mujeres y los que solamente podían leer el alemán en los pasteles, lo leen con ardiente deseo, muchos lo cargan y lo aprenden de memoria de tal grado que en pocos meses disputan con arrogancia con los sacerdotes y frailes. Hubo casos cuando pobres y mujeres se hallaban en discusión con los eruditos doctores y manifestaron que podían citar extemporáneamnte mayor número de pasajes bíblicos que sus contrincantes".
Escribió también un "Catecismo Pequeño" que era de valor inmenso para hacer a la gente vulgar, entender el evangelio. Lutero contemplando las multitudes de niños y niñas y jóvenes que en todo el país, estudiaban el catecismo, se sentía sumamente gozoso, y escribiendo al elector, dijo: "En ningún otro país del mundo hay tantos niños y niñas que puedan orar, creer y hablar mejor de Dios que todos los institutos, conventos y escuelas podían anteriormente".
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