Conclusión.
Las tristes noticias del fallecimiento de Lutero cundieron con rapidez por la población y por todo el país. Eisleben fue profundamente conmovida. Los condes y una multitud acudieron para ver con mucho sentimiento y lágrimas los preciosos restos mortales del hombre que había sacado a la luz la Palabra de Dios y en especial la verdad que somos salvos (justificados) por la fe en la obra y en la persona de otro (es decir, de Cristo) y no por las obras nuestras. Cuando las nuevas llegaron a Wittemberg y Melanchton informó a los estudiantes, él exclamó: "Ay de nosotros, nos han quitado el carro de Israel y los de a caballo que guiaban la Iglesia en esta última edad del mundo".
Los Condes de Mansfeld quisieron que fuera enterrado en Eisleben, pero el elector de Sajonia mandó que fuera traido a Wittemberg. El día 19 de Febrero el cadáver fue puesto en una caja de metal y llevado a la Iglesia de San Andrés, del castillo de Eisleben, donde había predicado Lutero su último sermón. Los doctores Jonás y Coeclino, pronunciaron unos sermones fúnebres, a millares de oyentes llorosos.
Al día siguiente salió el féretro rumbo a Wittemberg acompañado de una multitud innumerable, que lloraba y lamentaba. Entre la muchedumbre iban los condes de Mansfeld y cuarenta y cinco jinetes. En casi cada pueblo tocaron las campanas. Ya entrada la noche llegaron a Halle, y el clero, el Consejo, las escuelas y los ciudadanos, junto con las mujeres y niños, salieron a recibir el féretro y los acompañaron a la iglesia. Entonaron el salmo: "De los profundos clamo a ti, Señor", pero se oyó más el llanto que el canto.
Llegó la comitiva fúnebre a Wittemberg el día 22 y fue recibida por los miembros de la Universidad y del Consejo, y muchos vecinos y un gran número de forasteros. Detrás del féretro venían la viuda de Lutero y sus cuatro hijos y demás parientes y los miembros de la Universidad, Consejo, ciudadanos, etc. El sermón fúnebre fue pronunciado por el doctor Bugenshagen ante muchos miles. Su texto fue: "Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen", etc, (1 Tesalonicenses 4:13,14). Sus palabras fueron a menudo interrumpidas por sus propias lágrimas y las de sus oyentes.
Terminado el sermón en alemán, Melanchton pronunció un discurso en latín, en representación de la Universidad. Los restos de este gran hombre de Dios, fueron entonces depositados en un sepulcro cerca del púlpito donde esperan el día de la resurrección.
En 1817 el rey de Prusia, Federico Guillermo II, levantó un monumento al Reformador en la plaza de Wittemberg en prueba de veneración y gratitud. Este monumento de bronce testificará a las generaciones venideras de los grandes servicios que ese varón de Dios prestó a la Iglesia de Jesucristo. pero tales monumentos materiales, duran poco a lo más. Su mejor monumento e imperecedero es: LA PALABRA DE DIOS EN ALEMÁN QUE PERMANECERÁ PARA SIEMPRE.
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