Capítulo IV. Lutero va a Roma.
Posiblemente era en 1511, cuando Lutero fue enviado a Roma, para arreglar unas diferencias que hubo en siete monasterios agustinos. En el plan de la Divina Providencia era necesario que Martín conociera la Ciudad Eterna, la de San Pedro y San Pablo, la metrópoli del catolicismo. Pasó los Alpes e hizo escala en un convento a la orilla del río Po, en Lombardía. Quedó escandalizado el fraile alemán viendo el esplendor de las celdas, los vestidos ricos, las viandas delicadas. Por todos lados mármol, seda y muebles finos. Guardó silencio Lutero; pero cuando llegó el viernes y las mesas se vieron colmadas de carnes, expostuló diciendo: "La iglesia y el Papa prohiben estas cosas", pero no le hicieron caso y cuando persistía en llamarles al orden, el portero le intimó a que era prudente continuar su viaje.
Llegado a Bolonia se enfermó gravemente. Algunos creían que había sido envenenado; pero es más probable que el cambio de alimento hubiera sido la causa, pues no estaba acostumbrado a una comida rica sino frugal. Su comida ordinaria era pan y pescados y muchos años después, todavía era muy sencilla. Por fin vio a lo lejos la Roma del mundo y de la iglesia, la ciudad de las Siete Colinas, y callendo de rodillas, Lutero exclamó: "¡Roma, te saludo!".
Lutero está ya en Roma. El profesor de Wittemberg anda entre las ruinas de la Roma imperial, en la Roma de tantos mártires y confesores de Jesucristo. Si por una parte, se acrodaba de las lágrimas de Escipión contemplando los palacios ardiendo y las murallas caídas de Cartago, también se acrodaba de las santas cenizas que se encuentran, no muy lejos de las de los generales y conquistadores de la Antigua Roma.
El guerrero Julio II ocupaba la silla papal. Lutero ha contado muchas veces el siguiente incidente acerca de este Papa. Cuando la noticia llegó de la derrota de su ejército delante de Rávena por los franceses, Julio estaba rezando. Al oir la noticia tiró lejos su libro de oraciones y exclamó con un terible juramento: "¿Tú también te has vuelto francés... ? ¿Así proteges a tu iglesia?" Entonces, dirigiéndose hacia aquel país cuya ayuda pensaba solicitar, dijo: "San Switxer, ora por nosotros". Por todos lados de esa infeliz ciudad se veía un espíritu profano: ignorancia, liviandad, disolución, desprecio de todo lo sagrado y un comercio escandaloso de cosas divinas. Pero el monje devoto estaba aún en sus iluciones.
En Roma se repetía un refrán: "Bendita la madre cuyo hijo dice misa en la víspera de San Juan". El hijo piadoso de Margarita procuró decir misa pero no pudo. Visitó todas las iglesias y capillas y creyó todas las falsedades que se decían. "¡Que lástima!", dijo, "que aún viven mi madre y mi padre. ¡Cuanto gozo hubiera yo tenido en sacarlos del purgatorio mediante mis misas, oraciones y otras obras meritorias". Lutero dijo misa varias veces en Roma, pero su corazón era herido por lo que veía. Un día, los sacerdotes en el próximo altar habían concluído siete misas y él no había terminado una. "Déle prisa", le dijo uno, "devuelva pronto a nuestra Señora su hijo". Haciendo una referecia impía a la transubstanciación.
En otra ocasión cuando él había llegado solamente al evangelio, el sacerdote a su lado ya había trerminado "Passa Passa", le dijo a Lutero, "acábela pronto". Quedó todavía más sorprendido Martín cuando vio que lo que hacía y decía el clero inferior, lo hacía el clero superior. Era costumbre considerar como una prueba de instrucción, criticar y negar alguna doctrina de la iglesia. Algunos decían que no había diferencia entre las almas de los hombres y las de las bestias. Otros decían que el cristianismo era una invención de unos cuantos santos astutos.
Un día comiendo con unos altos prelados Lutero quedó atónito al oirles relatar, cómo al decir la misa, en vez de pronunciar las palabras de consagración, decían: "Panis es, et panis manebis; vinen es, et vinem manebis" (pan eres y así quedarás, vino eres y así quedarás), y elevando la hostia el pueblo la adoraba. Lutero se dijo: "Si así hablan públicamente, y si en verdad todos, el Papa, los cardenales y sacerdotes así dicen la misa, ¡cómo nos han engañado!".
Un día, pasando por una calle ancha que conducía a San Pedro, Lutero vio una estatua que representaba a uno de los papas bajo la figura de una mujer, vestido con la capa papal, llevando el cetro papal y con un niño en sus brazos. Le dijeron que era una joven de Mentz, elegida por los cardenales como Papa, que dio a luz un niño cerca del sitio donde estaba la estatua. Por eso, ningún Papa pasaba por esta calle.
La ciudad estaba llena de desórdenes. En la noche una patrulla de trescientos hombres a caballo recorría las calles. Todos los que andaban en las calles de noche eran detenidos. El que llevaba armas era colgado o echado al río Tiber. En otra ocasión Lutero dijo: "No es posible imaginar el pecado y crimen que hay en Roma. Hay que verlo para creer". Por eso se dice: "Si hay un infierno, Roma está edificada sobre él, es un abismo donde sale toda clase de maldad". Nos dice Lutero que había otro refrán vulgar: "El que va a Roma la primera vez, espera encontrar un bribón, la segunda vez le encuentra, la tercera vez regresa con él". Maquiavelo, que vivía en Florencia cuando Lutero pasó por esta ciudad, dijo: "Entre más cerca está uno de Roma, menos cristianismo se encuentra". Agregó: "Nosotros los italianos, debemos principalmente a la iglesia y a los sacerdotes, nuestra impiedad e inmoralidad".
Lutero después comprendió la gran ventaja que este viaje le trajo y decía: "Si alguno me diera cien mil pesos no hubiera perdido la oportunidad de ir a Roma".
Desde que llegó a Roma se consagró a cumplir todos aquellos ritos que la iglesia señala para el perdón de los pecados. Un día se vio al fraile alemán subiendo de rodillas la escalera de Pilato, que se dice fue transportada milagrosamente de Jerusalén a Roma. A la mitad de la escalera creyó oir, como un trueno, las palabras: "El justo por la fe vivirá" y al momento se levantó, estremeciéndose al ver en qué profundidad de superstición había caído. Vio como en una luz divina que no somos salvos por las obras. Comprendió entonces que la salvación no proviene de los hombres, sino de Dios y en este momento la verdad que hasta esa hora se encontraba como un cautivo melancólico y encadenado en la iglesia católica, se erguió para no caer jamás.
Debemos escuchar lo que el mismo Lutero dice: "Aunque era yo un fraile santo y sin culpa, mi conciencia sin embargo, estaba llena de angustia y temor. No podía aguantar las palbras la justicia de Dios. No tenía yo amor para el Dios justo y santo, que castiga a los pecadores. Yo estaba lleno de una ira secreta contra Él: le tuve odio, porque, no contento con asustarnos con la ley y afligirnos con las amenazas del castigo, a nosotros míseros pecadores (ya arruinados con el pecado original), aumentaba nuestro tormento por el evangelio, señalándonos, como creía Lutero, tareas imposibles de cumplir, como precio de salvación. Pero cuando aprendí como la justificación del pecador nace de la libre misericordia de Dios por la fe, entonces me sentí nacido de nuevo, y como un hombre nuevo pasé por las puertas abiertas al mismo paraíso de Dios. De aquí en adelante también vi las Sagradas y amadas Escrituras con otros ojos. Escudriñé la Biblia, reuní un gran número de pasajes que me enseñaron la naturaleza de la obra divina y, de la misma manera que antes odiaba con todo mi corazón estas palabras la justicia de Dios, desde esta misma hora empecé a apreciarlas y amarlas como las palabras más dulces y más consoladoras de la Biblia. Con toda verdad este lenguaje de San Pablo era para mí la misma puerta al paraíso".
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