Capítulo V. La venta de indulgencias.
Regresó Lutero a Wittemberg lleno de tristeza e indignación. Volvió sus ojos disgustados de la ciudad del Papa, y los dirigió con esperanza a las Sagradas Escrituras.
El 18 de Octubre de 1512 Martín fue licenciado como doctor en divinidades comprometido, por juramento, a defender la verdad evangélica con todo su poder; y desde esa hora Martín Lutero fue constituido un campeón armado de la Biblia, el más intrépido heraldo de la palabra de vida. Pronto fue proclamado el principio poderoso de que los cristianos no reciben otras doctrinas sino las que son fundadas sobre las palabras expresas de Jesucristo, de sus apóstoles y de los profetas, y que ningún hombre o asamblea de doctores tiene el derecho de formular nuevos dogmas.
En 1502 Juan Tetzel apareció como vendedor de indulgencias. La iglesia había abierto un vasto mercado y la salvación de las almas fue ofrecida al mundo a un precio muy reducido. Al acercarse Tetzel a alguna ciudad, un enviado llegaba diciendo: "La gracia de Dios y del Santo Padre está a vuestras puertas". Inmediatamente todo el mundo salía con cirios para recibir a los vendedores de indulgencias que viajaban en un carruaje lujoso, acompañados de tres jinetes. La procesión se dirigía a la iglesia principal. Primeramente, en un cojín de terciopelo, venía la bula de gracia del Papa. en seguida venía el principal vendedor, llevando una cruz grande de madera, roja, y entre cantos, oraciones y el humo de incienso, la procesión penetraba en la iglesia. La cruz era colocada enfrente del altar y de ella pendía el escudo papal. Subía Tetzel al púlpito y con tono de confianza encarecía su mercancia. La gente escuchaba con admiración y creía que tan luego como daba su dinero hacía segura su salvación o la liberación inmediata de sus deudos del purgatorio.
Escuchemos una de sus predicaciones: "Las indulgencias son los dones más preciosos y más nobles de Dios. Esta cruz (señalando la cruz roja) tiene tanta eficacia como la misma cruz del Calvario. Venid, yo os venderé cartas, todas debidamente selladas, que perdonarán los pecados aun de los que tenéis intención de cometer. No cambiaré mis privilegios por los de San Pedro en el cielo. Yo he salvado más almas por mis indulgencias que el apóstol con sus sermones. No hay pecado demasiado grande que una indulgencia no pueda remitir. Si alguien hubiera querido violar a la bienaventurada Virgen María, la madre de Dios (cosa sin duda imposible) con tal que paque y pague bien, todo le será perdonado. Reflexionad: por cada pecado mortal (después de ser confesado y haber sentido constricción), tendréis que hacer penitencia por siete años, en esta vida o en el purgatorio. Ahora, ¡reflexionad! ¿cuántos pecados mortales se cometen en un día, cuántos en un mes, cuántos en un año, cuántos en la vida entera? ¡Ay de nosotros! tales pecados son casi infinitos y traen por consiguiente una pena infinita en los fuegos del purgatorio. Ahora por estas cartas que vendo, podéis una vez en vuestra vida, conseguir una absolución plenaria de todos vuestros pecados (con la sola excepción de cuatro pecados reservados por la Sede apostólica) que aún tendrá valor después en el artículo de muerte".
"Podéis madar dinero a Roma", decía Tetzel, "con un costo de cinco o diez por ciento y ¿no queréis introducir en el paraíso, por un metal vil, sino un alma divina e inmortal, sin riesgo, por veinticinco centavos? A más de esto las indulgencias valen no únicamente por los vivos, sino por los muertos. ¡Sacerdotes!, ¡nobles!, ¡comerciantes!, ¡esposas!, ¡jóvenes!, ¡señoritas!, ¿no oís a vuestros padres y otros amigos muertos que están clamando del fondo del abismo? Dicen: '¡Sufrimos tormentos terribles!, una limosna pequeñísima nos libraría', vosotros podéis darla y ¡no queréis!". Todos temblaban oyendo la voz atronadora del fraile.
"Al mismísimo instante", continuaba Tetzel, "que el dinero suena en el fondo del arca, el alma se escapa del purgatorio y vuela libre al cielo. ¡Oh, gente bruta y estúpida que no entienden la gracia ofrecida tan ricamente! El cielo está ahora abierto en todas partes. ¿Rehusáis entrar ahora? ¿Cuándo pues entraréis? Ahora podéis redimir vuestras almas. ¡Hombre perverso e imprudente! Con veinticinco centavos puedes librar a tu padre del purgatorio ¿y eres tan ingrato que no le salves? Yo seré justificado en el día del juicio, pero tú, tú serás castigado más severamente por haber tendo en poco una salvación tan grande. Os digo que aunque no tengáis más que un saco, debéis quitaroslo y venderlo para obtener esta gracia".
"¿Sabéis po qué nuestro santísimo Señor Papa reparte tan rica gracia? Es para restaurar la Iglesia arruinada de San Pedro y San Pablo para que supere a todas las otras del mundo. Esa iglesia contiene los cuerpos de los santos apóstoles Pedro y Pablo y de una multitud de mártires. Pero estos restos sagrados ¡pobres de ellos! por la condición actual del edificio son azotados, inundados, contaminados, deshonrados, reducidos a pudrición por la lluvia y por el granizo. ¡Ay de ellos! ¿tendrán que permanecer más tiempo estas cenizas sacrosantas en el cieno y en la pudrición?" Concluía con el texto bíblico: "Bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque de cierto os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que véis, y no lo vieron, y oir lo que oís y no lo oyeron" (Mateo 13:16,17). Y señalando la caja fuerte en que tenían que echar el dinero, decía: "Traed, traed", y bajando del púlpito corrío hacia ella y a la vista de todos echaba en ella un dinero, cuidando que sonara muy fuertemente.
Después de hacer confesión, el penitente se apresuraba hacia el vendedor, quien juzgaba por su vestido, su porte, etc., la cantidad que pudiera pagar, pues la tarifa era según la categoría del comprador y era calculado poco más o menos a medio por ciento de sus ingresos anuales. Tratándose de pecados particulares cobraba el vendedor precios convencionales, desde seis ducados; por poligamia, ocho ducados, por asesinato. Infanticidio costó en Suiza, cuatro livres tournois , y parricidio y fraticidio, un ducado.
La gente no hablaba de otra cosa y por todas partes se oían sarcasmos y quejas del amor al dinero que consumía al clero.
"¿Por qué?" decía la gente. "¿Por qué no libra el Papa de una buena vez todas las almas del purgatorio por su santa caridad y por qué están en tanta miseria, puesto que libra tantísimos por amor al dinero que perece y por amor a la catedral de San Pedro? ¿Por qué no devuelve el Papa todas las herencias y legados hechos en favor de los muertos ya que decía que las almas han sido libradas por las indulgencias y no necesitan las oraciones? Además, ¿no es inútil y pecaminoso hacer oraciones en favor de los ya libertados?", etc., etc., etc.
Entresacamos los siguientes incidentes de este tráfico abominable que sin duda interesarán al lector:
Se había concluido la venta de indulgencias en Zwickau, y Tetzel iba a partir al otro día, cuando los capellanes y sus acólitos pidieron que les diera una cena de despedida. Esto era difícil, porque las cuentas habían sido completadas, pero Tetzel supo conjurar el problema. Temprano en la mañana, la campana grande fue tocada. La multitud acudió a la iglesia imaginando que algo extraordinario había ocurrido. Tetzel les dijo: "Yo había propuesto partir esta mañana, pero en la noche fuí despertado por unos gemidos. Escuché con toda atención. Los gemidos venían del panteón. Era una pobrecita alma que me llamaba, rogándome librarle de los tormentos que la consumían. Me quedo, pues, otro día, para que todo cristiano sienta compasión de esta alma infeliz. Yo mismo seré el primero en dar y aquel que no siga mi ejemplo merecerá la condenación". Las ofrendas fueron abundantes y Tetzel dio a los capellanes y a los acólitos una comida excelente pagada por las ofrendas dadas para el alma de Zwickau.
Se murió la esposa de un zapatero y fue enterrada sin que se dijera alguna misa. El viudo fue citado ante las autoridades acusado de desprecio de religión. Preguntó el juez: "¿Está muerta su esposa?" "Sí, señor". "¿Qué ha hecho usted con ella?" "Enterré su cuerpo y encomende su alma a Dios", contestó el hombre. "Pero, ¿mandó usted decir alguna misa para el descanso de su alma?" "No señor, hubiera sido inútil. Ella entró al cielo al momento de su muerte". "¿Cómo lo sabe?" "Aquí está la prueba", dijo el hombre, sacando la indulgencia de su bolsillo. Leyó el juez que el documento prometía al comprador que no iría al purgatorio, sino directamente al cielo. El viudo entonces dijo: "Si el cura dice que hay necesidad todavía de una misa, mi esposa fue engañada por el santísimo Padre el Papa. Si no fue así, entonces es el sacerdote quien me engaña". El juez despidió al hombre.
Un noble de Sajonia se acercó a Tetzel y le preguntó si tenía poder para perdonar los pecados que alguien proponía cometer. "Ciertísimo", contestó Tetzel, "he recibido del Papa toda facultad para hacerlo". Dijo el noble: "Quiero vengarme de un enemigo que tengo, sin poner en peligro su vida; le daré diez pesos por una carta de indulgencia que me justifique". Tetzel no quiso, el precio era demasiado bajo. Por fin convinieron en treinta pesos. Recibió el noble la carta y se fue. Con unos hombres puso una emboscada, cayeron sobre el mismo Tetzel, le dieron una leve paliza y le quitaron su caja fuerte. Tetzel levantó su voz en un grito al cielo y acusó al noble ante el juzgado. El ascusado presentó la carta de indulgencia que le perdonó el crimen de antemano. El soberano del país, el Duque Jorge estaba furioso, al oir lo del atentado, al leer la carta, inmediatamente puso en libertad al noble.
Un minero encontró un vendedor de indulgencias. "¿Es cierto lo que tantas veces nos ha dicho que tal es el poder de las indulgencias y de la autoridad papal que podemos, echando un quinto en el arca redimir un alma del purgatorio?" El vendedor afirmó que así era. "Entonces", dijo el minero: "¡Qué hombre tan despiadado ha de ser el Papa, que por falta de cinco centavos deja un pobrecito llorando en las llamas del purgatorio por tanto tiempo!"
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