Martín Lutero.

El Fraile que conmovió el Mundo.


   Capítulo VIII. Lutero y el delegado papal De Vio.

   Por motivos políticos el Papa cambió el lugar de la cita de Roma a Augsburg, donde Lutero tenía que comparecer ante el delegado papal De Vio, el 7 de Octubre.

   Aconsejaron a Lutero huir y esconderse en un convento u otro lugar. Pero el valor de Lutero no flaqueó y obediente a la orden del Papa se encaminó a pie a Augsburg. Llegando a Nuremberg, pidió prestado un traje de un antiguo amigo, y al continuar su viaje, dos hermanos resolvieron acompañarlo, porque no querían que Lutero se expusiera a los peligros que le amenazaban. Todavía faltaban 20 kilómetros para llegar a su destino, cuando se enfermó Lutero violentamente. El mismo creyó que se moriría. Sus compañeros de viaje alquilaron una carreta y así fue conducido al convento agustino de Augsburg.

   Tomás De Vio, llamado Cajetán, General de la orden de los dominicianos y Cardenal, era el Nuncio ante quien Lutero tenía que comparecer. Sus instrucciones eran sencillas. Lutero ya había sido declarado hereje y debía retractarse de sus doctrinas o ser encarcelado. Si no se retractaba y podía escaparse, deberían ser excomulgados los que le dieran asilo.

   Lutero despertó el sábado, Octubre 8, restablecido de salud y esperaba sus órdenes. Los amigos a quienes el Elector había recomendado a Lutero, insistieron a que solicitara un salvoconducto, antes de presentarse delante del Nuncio. Fue conseguido, y el martes, Lutero se presentó en el palacio del Nuncio. Lutero se postró delante del Cardenal, quien le mandó levantarse. Lutero sin embargo, quedó hincado y hasta que recibió una nueva orden no fue cuando se puso de pie.

   El Nuncio exigió la retractación de estas dos proposiciones:

   1a.- Que el valor de las indulgencias consiste en los padecimientos y méritos de nuestro Señor Jesucristo.

   2a.- Que el hombre que recibe el santo sacramento tiene que tener fe en la gracia así ofrecida.

   Hubo tres conferencias. En la segunda el Nuncio no dejaba de hablar todo el tiempo para no permitir a Lutero defenderse y no cesaba de exigir que éste se retractara.

   Lutero por lo tanto resolvió presentar su defensa escrita, y así lo hizo en la última conferencia. El Cardenal recibió fríamente el escrito y empezó de nuevo a hablar sin cesar. Por fin Lutero le interrumpió diciendo: "Si pudiera el Nuncio probar por la constitución Papal el primer punto, yo me retractaría". El Cardenal lleno de triunfo, cogió la copia de la constitución Papal y leyó: "El Señor Jesucristo adquirió este tesoro con sus padecimientos". Lutero le interrumpió: "Más digno padre, favor de meditar y ponderar con todo cuidado estas palabras: 'Cristo adquirió', Cristo adquirió un tesoro por sus méritos. Luego los méritos no son el tesoro, pues la causa y el efecto son muy diferentes. Los méritos de Jesús han adquirido para el Papa el poder de dar ciertas indulgencias al pueblo, pero no son los mismos méritos de Jesús los que la mano del Papa reparte. Mi conclusión pues, es la verdadera, y la constitución Papal a la que usted apela con tanto ruido, testifica la verdad que yo proclamo". El Cardenal miró en silencio el pasaje fatal. Había sido cogido en la trampa que le había tendido a Lutero. En seguida, quiso hablar de otras cosas, pero Lutero no permitió que escapara. "Muy reverendo Padre" -dijo- "Vuestra eminencia no puede imaginar que nosotros los alemanes ignoremos la gramática. Ser un tesoro y adquirir un tesoro, son dos cosas muy diferentes".

   Por fin, con orgullo y con ira, Cajetán le dijo: "Retráctate o no vuelvas más". Lutero inclinó la cabeza y salió del salón.

   Lutero quedó cuatro días más en Augsburg. Había escrito una carta al Cardenal Cajetán sin recibir contestación. Sus amigos, temerosos de que el Cardenal prendiera a Lutero, le aconsejaron fervientemente salir. Antes de amanecer, montando en un caballito sin freno, sin calzado, espuelas ni armas, se dirigió a una puerta que las autoridades habían ordenado que fuera abierta y Lutero salió de la ciudad. Inmediatamente puso su caballo al galope y se alejó del peligro con toda rapidez.

   Antes de irse, Lutero había escrito otra carta al Nuncio, pero sus amigos resolvieron no entregarla sino pegarla a la puerta de la Catedral, en presencia de un notario público y dos testigos. En ella Lutero apeló del mal informado Santísimo Señor y Padre en Cristo, León X, por la gracia de Dios.

   El Nuncio, fusioso, escribió al Elector Federico, ordenando que Lutero fuese enviado a Roma o desterrado del país; pero Federico contestó que desde que el doctor Martín había comparecido ante el Nuncio en Augsburg, debería éste estar satisfecho; que no era justo que Lutero se retractara sin haber sido convencido primeramente de sus errores; que ninguno de los hombres educados del país había acusado a Lutero ante el príncipe de que su doctrina fuese ímpia, anticristiana o herética. El príncipe rehusó enviar a Lutero a Roma o desterrarle del país.


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