Esta acusación, a menudo, se revela como cierta, muchos cristianos parecen vivir en otro mundo, e incluso evidencian un importante desfase, pero este tipo de cristianos no reflejan los énfasis bíblicos sobre los que se funda la enseñanza del cristianismo. En opinión a esa actitud poco realista, el cristianismo bíblico enfatiza la importancia de este mundo en tres tesis básicas:
Primero, la Biblia declara que el universo entero ha sido creado por Dios, y que, por lo tanto, es bueno e importante. Lejos de rechazar o desvalorizar el mundo, la Biblia enseña que Dios ama su creación y sustenta, constantemente, su estructura y su existencia. El mundo existe para manifestar la gloria de Dios, y Dios se goza en lo que Él ha creado.
Segundo, la importancia de este mundo es también sostenida por la doctrina de la encarnación, es decir, la enseñanza cristiana de que Dios se hizo hombre en Jesucristo. La Biblia declara constantemente la auténtica humanidad de Jesús. Él no fue una simple manifestación espiritual, ni personificación provisional de Dios, si no, un ser humano de carne y hueso.
Pero, ¿por qué se produjo la encarnación?, porque la creación de Dios se estropeó. La humanidad optó por el mal rebelándose así contra su Hacedor, y el mundo dejó de ser bueno. Pero, aún así, Dios no nos ha abandonado. Éste es el extraordinario mensaje del cristianismo. Dios nos ama hasta tal punto, que se hace hombre para libertarnos del mal y traer la salvación.
La salvación que Dios nos ofrece constituye la tercera forma en la que la Biblia subraya la importancia de este mundo. Aunque con frecuencia se califica al cristianismo como una religión del más allá, que tiene que ver con una existencia incorpórea en el cielo etéreo. Estas ideas son una distorsión de su verdadero mensaje. Hay, desde luego, una esperanza futura del reino de Dios, pero la Biblia describe este reino en términos muy concretos. Promete la resurrección del cuerpo y la renovación de toda la creación. La salvación, en Cristo, lo abarca todo. La visión final del cristianismo es la erradicación del mal de todo el universo. Cristo vino a restaurar la creación a la que ésta debía ser, y esto incluye los aspectos de la vida humana y no humana.
Esto explica que existen razones importantes por las que los cristianos deben, en un sentido, pertenecer a otro mundo. Precisamente porque tienen una visión de un mundo libre del mal, no pueden aceptar este mundo en su situación actual, pertenecen a otro mundo, al que contemplan más allá de éste, lleno de distorsiones y falsas pretensiones, un mundo que tiene que venir, saben que hay algo mejor.
Pero dicha visión no excluye una sana y genuina preocupación
por este mundo, y los cristianos están llamados a combatir el mal
en todas sus manifestaciones, individuales y socio-culturales. Trabajan
para promover amor, sanidad y justicia en este mundo. En un contexto como
el nuestro, es decir, una sociedad moderna, del siglo XX, llena de violencia,
opresión, egoísmo, estas actitudes nunca son irrelevantes
ni desfasadas, todo lo contrario.
1- Un Dios bueno y amoroso no desearía que existiera el mal.
2- Un Dios todopoderoso podría eliminar el mal.
3- Por lo tanto, si Dios es tan poderoso como bueno, no debe existir el mal.
4- Sin embargo, el mal continua existiendo en el mundo.
5- Por lo tanto, Dios, al menos un Dios bueno y todopoderoso, no existe.
Este argumento es, al parecer concluyente. Pero evidencia un fallo. El tercer punto no implica los dos primeros. Se requeriría sólo lo siguiente: Si Dios fuera tan poderoso como bueno, el mal no perduraría para siempre. Dios tendría, en algún momento, que solucionar el problema del mal y destituirlo de su creación.
El argumento no tiene en cuenta la gracia de Dios. Falla al tomar en consideración el amor de Dios hacia nosotros, sus criaturas, demorando la erradicación del mal en este mundo.
Supongamos que Dios destruyera de golpe todo el mal existente. ¿Qué sería de nosotros? ¿No sería destruida toda la humanidad? Después de todo, ¿quién de nosotros está libre de pecado? Lejos de ser éste un problema intelectual para los demás, el mal es un problema existencial que cada uno tenemos en nuestro interior. de hecho, el problema del mal somos nosotros mismos. Y si la erradicación fuera la única respuesta, no existiría ninguna esperanza para nosotros.
En realidad, no hay sólo dos alternativas: la del mal ineludible, o la de la erradicación inmediata. Existe una tercera alternativa, la cual representa la esencia del mensaje cristiano. Dios se hizo hombre en Jesucristo, y cargó sobre sí mismo todo el peso del mal y del sufrimiento acumulado en el mundo. Jesús murió para solucionar el problema del mal, al gritar angustiosamente en la Cruz Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27:46), sucedió algo que escapa a la comprensión humana. Dios experimentó en sí mismo el mal y sus consecuencias más intensamente de lo que cualquiera de nosotros pudiera, siquiera, imaginar, librándose así de é.
A Dios no le interesaba simplemente eliminar el mal, si al hacerlo eliminaba al mismo tiempo toda su creación. En vez de eso, nos ofrece una salida: el camino del perdón de nuestras culpas, la renovación y transformación de nuestras vidas destrozadas, y de un mundo de sufrimiento. La forma en que definitivamente se pondrá fin al mal es tan misteriosa como su origen. Tal vez nunca será posible dar una explicación adecuada al nivel humano. No obstante, la Biblia predice el triunfo final del bien en este universo, porque Dios ha intervenido en él a favor nuestro. Él desea solucionar el problema del mal, y es plenamente capaz de hacerlo.
Ahora nos toca a nosotros. Debemos empezar con nosotros mismos si no queremos contribuir cada vez más al problema. Cada uno de nosotros necesita un cambio radical, y esto es, precisamente, lo que el cristianismo ofrece.
Dios ya ha actuado, ahora debemos hacerlo nosotros.
Desgraciadamente, hay que reconocer que esta clase de legalismo es, a menudo, realidad en muchos creyentes. Pero esto no caracteriza la perspectiva bíblica de la vida y los valores cristianos.
¿Puede haber una alternativa para esta lista de legalismos? ¿Consistirá en abrirse a la permisividad de la sociedad moderna? Muchos se han sentido inclinados a tomar esta posición. Sin embargo, este rechazo total a los valores cristianos tradicionales se basa, a menudo, en un mal entendimiento de la genuina fe cristiana. La ética cristiana es única, tanto a nivel social como personal. Es una alternativa positiva, tanto para el legalismo como para la permisividad.
Los valores cristianos se basan en la convicción de que las normas de Dios conducen a la libertad. No estamos apresados por una camisa de fuerza. Todo lo contrario, los criterios de Dios proporcionan un esquema que da a nuestra vida forma y significado. Jesús dijo: Si os mantenéis firmes en lo que os digo, seréis de verdad mis discípulos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. (Juan 8:31-32).
La ética cristiana está estructurada, pero es también algo profundamente personal. Está basada y motivada por una relación personal con Dios.
No es algo arbitrario, caótico e irresponsable. Y se llega a conocer a través de vivir plenamente dentro de los parámetros que Dios ha establecido.
Es mediante la experiencia de vivir dentro de estos parámetros, que encontramos nuestra identidad y realización como personas. Los cristianos no tenemos que estar metidos en un molde o convertidos en robots. En vez de esto, Dios nos ha dado unas pautas que nos permiten vivir dentro de una dinámica creativa, motivándonos a expresarnos a nosotros mismos de forma fresca y renovada, comunicando esta vitalidad a otros.
Pero las normas de Dios también nos orientan hacia nuestro prójimo. Nos encaminan hacia un modo de vivir positivo, constructivo y sensible a las necesidades ajenas, a la vez que nos apartan de una forma de vivir egoísta, destructiva e intolerante. Estas pautas, tienen su raíz en el carácter de un Dios perfecto, proveyéndonos fundamento sobre el cual construir nuestras vidas y discernir el bien y el mal. Dicho fundamento nos ofrece también un punto de referencia objetivo, para la solución de conflictos surgidos de nuestras relaciones humanas. El cristianismo debería estar orientado a realizar contribuciones libres y desinteresadas a la humanidad. La ética cristiana, pues, es lo suficientemente sólida, y libre a la vez, como para prevenir una irresponsabilidad y un legalismo extremos.
Además, los principios cristianos van más allá de las relaciones personales, a un nivel individual. Al cristiano se le requiere que intervenga en materias tales como la justicia social, la pobreza, la ecología y el derecho a la vida. Los cristianos pueden no tener respuesta a todos lo problemas de morales, pero sí poseen un punto de referencia, y un marco dentro del cual actuar y pensar. Los cristianos se sienten estimulados con la perspectiva de Dios sobre la vida, y son llamados a amar a Dios sobre la vida, y son llamados a amar a Dios y a toda la humanidad con todo su ser y todos sus recursos.
Lejos de coartar la libertad, las normas y los valores cristianos
son un reto y una liberación. Proporcionan lo que es, de hecho,
una actitud altamente positiva de la vida.
Pero esto en sí es un proceder poco racional. El cristianismo tanto como la ciencia parte de hechos concretos. Ambos conllevan fe. Los dos son igualmente interpretaciones de los hechos desde un punto de vista determinado, y ambos parten de determinadas suposiciones sobre la realidad de las cosas. Es simplemente imposible lograr una objetividad total en la ciencia o en cualquier otra esfera del conocimiento. Siempre se asoma la subjetividad. No existe ciencia que no lleve su carga de valores.
La pregunta clave es cuál es la naturaleza de los valores o presuposiciones -la cosmovisión- que rigen nuestra forma de enfocar los datos que se nos presenten. En la sociedad occidental ha habido fundamentalmente dos modos de enfocar el universo. El primero es que el universo es un sistema cerrado de causa y efecto, del que desde un principio queda descartada la idea de Dios. Por tanto, no puede existir otra cosa que aquellos fenómenos que se presten a un estudio científico. El universo es producto del azar y no tiene propósito discernible. Por definición, los milagros no pueden ocurrir.
El otro enfoque, el universo ha sido creado por un Dios personal, de quien actualmente depende para su existencia de un día para otro. Estos dos modos de enfocar el universo, el naturalismo y el teísmo cristiano, son desde un principio fundamentalmente incompatibles. Cabe preguntar, por tanto, cuál es el que mejor encaja con la labor científica.
Es bien sabido por todos que el desarrollo de la ciencia en el mundo occidental partió históricamente del concepto cristiano de una creación ordenada. De hecho, las leyes newtonianas están influidas por la teoría cristiana del universo. Muchos de los grandes científicos de otras épocas, tales como Boyle, Pasteur, Francis Bacon y Pascal, no admitieron pugna alguna entre la ciencia y la fe cristiana. Bacon, inventor del método experimental en el siglo XVI, argumentaba que había orden en el universo y que éste merecía ser investigado porque era obra de un Creador inteligente.
Estos hombres entendían a Dios como el por qué fundamental del cómo de sus investigaciones de las ciencias físicas. El tener fe en un Dios Creador, por lo tanto, no significa forzosamente restricción alguna de la investigación científica del mundo. Todo lo contrario, puede constituir un poderoso motivo para tal empresa.
Es el naturalismo el que más problemas tiene a la hora de defenderse. Si admitimos la teoría de Monod de que el universo es producto y fenómeno del azar más riguroso, no tenemos por qué reconocer la verdad o validez de nada en absoluto -ni siquiera de la investigación científica.
De ahí que haya algunos eruditos bien conocidos en el campo de las ciencias físicas que opinan que la teoría del naturalismo ya no es adecuada como pauta de la realidad. Entre ellos está el premio Nobel norteamericano Robert Jastrow. Él reconoce francamente las limitaciones de los conocimientos científicos al decir que "los científicos no pueden decir nada sobre las cuestiones fundamentales de la existencia y el propósito de la raza humana". Jastrow confiesa que no es cristiano, sin embargo, insiste en que se necesitan otras fuentes de conocimiento para descubrir la razón de la existencia. Es con respecto a esto que el cristianismo tiene derecho a plantear ciertas preguntas urgentes.
Una de estas preguntas tiene que ver con la presunción del naturalismo de excluir lo milagroso. El sostener que los milagros son imposibles porque no encajan con el método científico no es una afirmación razonable. Las llamadas "leyes" descubiertas por la ciencia no ordenan cuáles fenómenos pueden o no pueden ocurrir, sino son simplemente descripciones del funcionamiento normal del universo. La ciencia está en su derecho al afirmar que dentro del desarrollo normal de la naturaleza no suelen suceder los milagros, pero no tiene derecho a descartarlos como imposibles. Tal aseveración sería una traición al mismo método experimental.
La pugna fundamental ya no es la del cristianismo y la ciencia, sino entre el cristianismo y el "cientificismo". El "cientificismo" es una postura filosófica, un compromiso en el que la ciencia y el método experimental constituyen la única vía válida de adquirir el conocimiento. El "cientificismo" es un sistema presuntuoso e intolerante que endiosa la ciencia y las leyes experimentales y, sin embargo, goza de gran aceptación entre muchos científicos de hoy.
En base a esto, los cristianos hacen un llamamiento a los científicos
a que adopten una postura más honesta y humilde. Los creyentes aceptan
que la ciencia es un método entre otros que sirve para descubrir
la verdad con respecto a los fenómenos materiales, pero sostienen
además que existen otras realidades no-materiales y otras maneras
de llegar a la verdad de las cosas. El "cientificismo" no es la ciencia,
sino el abuso de la misma. Un concepto más claro de lo que es la
ciencia como de lo que es el cristianismo, revela que no hay pugna entre
ellos. La cosmovisión cristiana es en realidad más consecuente
que el "cientificismo" o el naturalismo con la auténtica búsqueda
de los conocimientos científicos.
Pero, ¿estarán equivocados? ¿será cierto que en el fondo no importa lo que uno crea? ¿son verdaderamente iguales todas las religiones?
Indudablemente existe mucho terreno común en las distintas religiones. Muchas de ellas reconocen a un Creador y tienen una teoría sobre el origen de todo. Todas distinguen entre el bien y el mal. La mayoría fomentan la adoración e imparten una ética que rige el vivir diario. En realidad, las religiones tienen mucho en común.
Pero las similaridades no son completas. Hay diferencias auténticamente asombrosas. Piénsese en el concepto de la divinidad, por ejemplo. Mientras el budismo aboga por la vaciedad del "Nirvana" y huye de toda idea positiva o definida de Dios, las religiones tribales son politeístas. Y dentro de esta gama cabe todo: desde el "brahman" impersonal del hinduismo al Señor entrañable y personal del cristianismo.
Otro ejemplo sería la idea cristiana de la encarnación. La afirmación de que Dios penetró en la Historia como ser humano es una afirmación limitada exclusivamente a la fe cristiana. Otras religiones pueden aducir las manifestaciones provisionales de vez en cuando de la deidad, pero sólo el cristianismo parte del concepto de que Dios, literalmente, se convirtió en hombre para nuestra salvación.
¿Serán estas creencias todas iguales en el fondo? Apenas, pues, difieren la una de la otra y hasta se contradicen. Es posible que todas sean erróneas, pero es imposible que todas sean correctas.
Por lo tanto, sí importa lo que crees. Todas las religiones
afirman ciertas cosas exclusivas. Nos corresponde investigar tales afirmaciones
para así denunciar cuáles son ciertas. Y la verdad, cuando
se descubre, nos obliga a elegir.
Ya nadie duda de que Jesucristo existió. La mayoría llega incluso a aceptar que era un insigne maestro de ética. En el mundo entero hay dirigentes religiosos y políticos, incluyendo a muchos de los grandes adversarios del cristianismo, que aclaman la superioridad moral de su vida. M. Gandhi ambicionó los ideales del Sermón del Monte. El filósofo Jhon Stuart Mill consideró que Jesucristo era un hombre genial y probablemente el más eminente reformador moral de toda la Historia. El mismo Napoleón lo consideró sobresaliente como líder.
Los documentos del Nuevo Testamento atestiguan la disposición a servir que caracterizó a Jesucristo y que llenaba de poder y credibilidad su enseñanza. Ha sido el paradigma de la humanidad al darnos ejemplo de lo que son la compasión y la humildad, así como al mostrarnos su rechazo de la maldad y la hipocresía. Jesucristo supo conjugar la realidad de la naturaleza humana con una idea grandiosa de lo que el hombre podría llegar a ser. A lo largo de los siglos sus palabras han apelado y sometido a prueba la mente y el espíritu de millones de personas.
Pero la cosa no se queda ahí. Al pensar en las declaraciones que Jesús hizo sobre su propia identidad, surgen las controversias. Es en este aspecto en el que la gente -tanto la común y corriente. como los líderes religiosos- se encuentra con problemas, pues la etiqueta de "maestro de ética" resulta insuficiente por no decir ingenua.
Jesús, un carpintero de pueblo, convertido a los 30 años en maestro itinerante pretendía ser más que simplemente un hombre y unía la acción a la palabra. Obraba así porque él mismo era Dios.
Y esto, ¿cómo se sabe? Se desprende de sus declaraciones explícitas y de su manera de vivir la vida. Sus palabras de auto-revelación forman parte de la estructura misma del Nuevo Testamento. Reivindicó; la igualdad entre Dios y él mismo. Afirmó haber vivido antes que Abraham. Asumió el derecho de perdonar pecados. Dejó que le adoraran. La conclusión parece ineludible.
Jesús de Nazaret no pudo ser simplemente un inofensivo maestreo de ética. Fue demasiado radical y demasiado destacado entre los maestros morales o filósofos. Se le puede tildar de mentiroso, o, tal vez, se podría discutir su equilibrio mental, pero la afirmación de que era "sólo un gran maestro de ética", definitivamente, no se puede sostener.
Ya en su misma época jamás se dio tal posibilidad. Algunos de los que le rodeaban le tomaron por loco, mientras que otros le amaron. Algunos lo vieron con desdén y, a veces, hasta con odio, otros con veneración y asombro. Jamás suscitó el sentimiento de leve aprobación.
Tampoco hoy es sostenible la simplemente aprobación. Tenemos
que recluirle por loco o aceptar escuchar lo que él nos diga. ¿Cuál
será nuestra postura ante este hombre? ¿Cuál ante
su integridad moral, su pronóstico de los anhelos seculares de un
pueblo? ¿Cómo hemos de interpretar sus pretensiones de ser
el Dios-hombre único de toda la Historia? ¿Qué haremos
de este "gran maestro de ética" que nos viene con estas presunciones
tan exageradas?
En primer lugar, los eruditos contemporáneos han datado las Escrituras del Nuevo Testamento entre 50 y 100 años D.C. Tan sólo de 20 a 70 años después de que se produjeran los acontecimientos que en ellas se relatan. Esto significa que es muy posible que el Nuevo Testamento fuera escrito por los testigos oculares de los sucesos registrados o por personas muy allegadas a ellos, conservando así un grado aceptable de exactitud.
En segundo lugar, tenemos mejores y más antiguos manuscritos del Nuevo Testamento que de cualquier otra obra literaria de la antigüedad. El Nuevo Testamento más antiguo que poseemos (El Codex Sinaiticus), fue copiado alrededor del año 350 D.C., alrededor de 250 años después de que se escribiera el original. Como contrapartida, el manuscrito más antiguo del historiador Plinio el Joven data del año 850 D.C., 750 años después de que fueran escritos por Plinio. Las copias más antiguas que poseemos de Aristóteles son del año 1.100 D.C., o sea, mil cuatrocientos años después de su composición original. No resulta, por lo tanto, muy lógico considerar que poseemos una copia fidedigna de la Metafísica de Aristóteles, mientras que la copia del Nuevo Testamento no lo es.
En tercer lugar, disponemos de más de 13.000 copias que se han conservado de diferentes porciones del Nuevo Testamento (incluyendo varios miles de Nuevos Testamentos completos) que datan de las épocas antigua y medieval. Cerca de 5.000 de estos ejemplares están escritos en el griego original. Por lo tanto existe una elevada probabilidad de aproximación a los documentos originales. Las mejores traducciones modernas de la Biblia están cuidadosamente basadas en estos originales.
Haciendo ahora referencia al Antiguo Testamento, los manuscritos del Mar Muerto fueron descubiertos en el año 1.947. Datados entre los 150 años A.C. y los 150 años D.C., estos manuscritos contienen extensas porciones del Antiguo Testamento. Su antigüedad data de 700-1000 años antes que los manuscritos más antiguos que se habían encontrado hasta esa fecha. Excepto en algunas pequeñas variaciones (generalmente a nivel ortográfico, el texto de esos manuscritos es idéntico al texto de los más recientes. Es una importante evidencia de que el texto ha sido transmitido con gran exactitud. Indica, por lo tanto, que los manuscritos que poseemos del Antiguo Testamento son del todo fiables.
Por último la evidencia arqueológica tiende a confirmar más que a refutar las narraciones bíblicas. William F. Albright, uno de los arqueólogos más destacados, escribe: "No puede haber duda de que la arqueología ha confirmado la considerable historicidad de la tradición del Antiguo Testamento... La arqueología nos facilita cada vez más la posibilidad de interpretar cada fenómeno y movimiento religioso en el Antiguo Testamento a la luz de sus fuentes y trasfondo reales".
Decir, pues, que la Biblia no es fiable o que es poco fidedigna,
es un dogma no basado en la evidencia. La Biblia está entre los
documentos antiguos más fidedignos.
Sin embargo, existen muchas personas que se aferran a su religión (o falta de religión), simplemente por haber sido criados en ella, o porque han sucumbido a las presiones ejercidas por el ambiente que les rodea. Otros se convierten en practicantes de una fe específica, a través de técnicas manipuladoras de "lavado de cerebro", que violan la integridad personal. Pero no todos los casos de conversión o experiencia religiosa vienen determinados por estos factores.
Existen también conversiones religiosas auténticas. Hay personas que, a menudo, eligen consciente e inteligentemente abandonar la educación que han recibido o las normas establecidas en su entorno actual. Muchos están convencidos de la validez de su propia religión, y se encuentran comprometidos al máximo con ella.
Este es el ideal cristiano. La verdadera conversión cristiana no depende ni de la entrega repentina, ni de la intensidad de la emoción que la pueda acompañar. La auténtica fe en Jesús distingue claramente tanto de una aceptación pasiva de la tradición como de un entusiasmo vehemente lleno de emociones pasajeras. Aunque al principio, a menudo es vacilante y llena de dudas, crece y madura hasta convertirse en una confianza firme, constante y razonable en Dios, que trae como resultado cambios profundos en las vidas de las personas.
Este último punto es crucial: si no hay vida transformada, la fe es inútil. La experiencia religiosa que no vaya acompañada de un cambio progresivo de carácter y de comportamiento no puede llamarse experiencia cristiana. "Por sus frutos los conoceréis", decía Jesús (Mateo 7:16). Él recalcaba el arrepentimiento, exigía volver la espalda al mal y buscar el bien, enfatizaba la renuncia a la mentira y el compromiso con la verdad.
Estas son demandas muy rigurosas. Según este criterio muchas de las personas que se denominan cristianas, quedarían excluidas. La socialización y el condicionamiento no son suficientes, se requiere un compromiso de carácter radical.
Pero el compromiso en sí no es suficiente. El cristianismo tiene que ver con la problemática de la verdad, y el compromiso personal se ha de someter a prueba. ?existe Dios? ¿Puede Dios exigir que pongamos nuestras vidas a su disposición? ¿Quién es Jesucristo? ¿Cuál es el significado de su muerte? ¿Resucitó realmente? ¿Es la respuesta cristiana a la pregunta acerca del significado de la vida la que encaja mejor con nuestra experiencia? Y existen muchas otras preguntas importantes que nos invitan a investigar el asunto seriamente.
El desafío, por lo tanto, para cada uno de nosotros, no
es la sumisión pasiva al condicionamiento social, sino la búsqueda
activa de la verdad acerca del universo, y el obrar de acuerdo a lo que
descubramos.
Ciertamente una persona que piensa necesita evidencias. La muerte de Jesús en una cruz romana es una dato histórico bien conocido, así como que fue posteriormente sepultado. Los relatos bíblicos registran que poco después de su entierro su tumba fue encontrada vacía, y que un elevado número de personas afirmaron haber hablado, caminado y comido con él después de su muerte. Estas declaraciones resultan asombrosas, y necesitan ser comprobadas. Debemos determinar si existe una mejor explicación que la de la resurrección.
Estas otras explicaciones podrían ser: 1) Que los ladrones robaron el cuerpo de Jesús. 2) Que las autoridades romanas o judías fueron las que lo robaron. 3) Que fueron sus discípulos los que lo robaron. 4) Que Jesús no estaba muerto en el momento de ser enterrado y dejó la tumba por su propio pie.
Vamos a analizar cada una de estas posibilidades: 1.- Se nos dice (por ejemplo en Mateo 27:62-28:4), que las autoridades colocaron una guardia en la tumba para impedir que robaran el cuerpo. Y cuando se descubrió que éste (el cuerpo) había desaparecido, comprobaron que los lienzos, cargados de especias para preservar el cuerpo, se encontraban allí todavía. Cuesta imaginarse a unos ladrones de tumbas que hubieran atacado a los soldados romanos para robar un cuerpo desnudo, cuando la única cosa de valor en la tumba eran los lienzos mortuorios cargados de especias.
2.- Las autoridades enviaron la guardia para asegurarse de que el cuerpo permaneciera en el sepulcro. Cabe preguntarse entonces: ¿Por qué querrían sacarlo posteriormente? En los comienzos del cristianismo, se contemplaba a éste como una amenaza a las autoridades de la época, y puesto que la nueva doctrina se basaba explícitamente en la resurrección, nada más fácil para las autoridades que desmentirla con sólo haber presentado el cadáver de Jesús. El hecho de que no lo hicieran indica que ellos no lo tenían.
3.- La disciplina militar romana castigaba severamente (desde el apaleamiento hasta la pena capital) a los soldados si se dormían estando de servicio. Podemos, pues, suponer que éstos estarían bien despiertos y alerta. Esto quiere decir que los discípulos (un puñado de pescadores, recaudadores de impuestos y un activista político), tendrían que haber luchado con los soldados para poder llevarse el cuerpo, una lucha en la que no tenían ninguna posibilidad de ganar. además, no fueron únicamente los discípulos los que afirmaban haber visto a Jesús vivo, sino muchas más personas. En otras palabras, los discípulos deberían haber convencido a otros para que colaboraran con ellos en el engaño, un engaño que otros no tenían motivo alguno para mantener. Además, once de los doce discípulos originales, sufrieron martirio por mantener una mentira. Ahora bien, la gente puede morir por lo que ellos creen que es verdad, incluso si están equivocados, pero pocos morirán por mantener una mentira. El hecho de que los discípulos muriesen diciendo que Jesús vivía y que, por lo tanto, era Señor y Dios, significa que ciertamente ellos no tenían el cuerpo.
4.- Si nadie robó el cuerpo, posiblemente es que Jesús no había muerto del todo en la cruz, sino que había sido enterrado vivo y revivió en la tumba. Podría ser. Sin embargo esta suposición queda reducida al absurdo cuando se nos dice que tenemos que creer que Jesús, medio muerto por la pérdida de sangre, los azotes y la falta de atención médica después de su crucifixión, logró desenvolverse de los lienzos, apartar una piedra que tres mujeres dudaban de poder mover (véase Marcos 16:3), y andar varios kilómetros con los pies heridos. Luego se supone que encontró; a sus discípulos, afirmó haber resucitado victorioso de la muerte, y resultó tan convincente que Tomás se dirigió a él como: "Señor mío y Dios mío" (Juan 20:28). Al cabo de un mes se perdió y murió solo en alguna parte, y su cuerpo nunca fue encontrado.
Esta teoría es el último recurso. Una resurrección sobrenatural no resulta más difícil de creer que esta teoría, a menos que la descartemos desde el principio.
Concluyendo, la teoría de que Jesús resucitó
es un argumento de peso. Y si es verdad, es tremendamente significativo.
debemos preguntarnos por qué se produjo, y hacer frente a que este
es el acto supremo de Dios interviniendo en la historia para restaurar
la relación del mundo con Él.
Quizás hemos crecido acostumbrados a caminar con muletas. El hombre y la mujer contemporáneos son prolíficos en la producción de una extensa variedad de sistemas de apoyo artificiales. Alrededor nuestro vemos una búsqueda desesperada de seguridad económica y emocional, de placer sexual, una búsqueda que conduce inexorablemente a la dependencia del alcohol y de las drogas, a la delincuencia, a trabajar para la obtención de más dinero, a la promiscuidad sexual, a las sectas religiosas y a las visitas regulares al psiquiatra. La gente vive ideando distintas maneras de apoyarse en algo, mientras continúa con su cojera.
Pero no todos los sistemas son tan evidentes. Hay mucha gente que se apoya para su seguridad en un buen trabajo, en una casa confortable, o incluso en una relación sentimental. Otros se vuelcan en el activismo social, o en el desarrollo del "pensamiento positivo". En cosas como éstas y otras similares la gente trata de apoyarse para satisfacer sus necesidades de ser alguien, de realizarse, o de neutralizar la falta de significado de sus vidas.
Algunos ven al cristianismo como una forma más de apuntalar una vida destrozada. Pero la sanidad que proporciona Jesucristo no es un tratamiento superficial. El cristianismo es una religión restauradora, no se parece en nada a una muleta. Su propósito es la curación total, la renovación, y no sólo la capacidad para hacer frente a la vida.
La fe cristiana desafía a sus practicantes a que vivan vidas renovadas. El carácter es fortalecido, las relaciones humanas cobran profundidad, florece la conciencia comunitaria, aumenta el conocimiento de uno mismo. A través de Jesucristo tenemos nada menos que una relación con el Dios viviente.
A lo largo de la historia hallamos mentes pre-claras y personalidades que han realizado importantes contribuciones a la sociedad, y que han pertenecido a la comunidad cristiana. Estas personas no se encuentran limitadas a un simple paseo por la vida. La fe cristiana estimula a hombres y mujeres de todas las edades, razas, niveles sociales y trasfondos culturales, a una labor bien hecha.
Pero esto no significa que los cristianos sean perfectos. Ni mucho menos. Ellos saben que son personas con necesidades. De hecho, el reconocimiento de la enfermedad es el primer paso hacia la sanidad.
El problema es que la mayoría de nosotros no vemos nuestras propias heridas y dolencias, o no las queremos admitir. Pero si no hacemos frente a nuestra verdadera condición, nosotros mismos nos condenamos a vivir una vida de dolor y enfermedad, puesto que las muletas que nos confeccionamos nosotros mismos no suponen una gran ayuda. Necesitamos desesperadamente una sanidad radical, y ésta es la que Cristo ofrece.
¿Es realmente el cristianismo una muleta para los débiles
e impotentes? ¿Es cierta la acusación de tratar de colocar
una cortina de humo para ocultar las necesidades? ¿Nos intimida
el tener que afrontar el hecho de que el Dios viviente tenga el derecho
absoluto de disponer de nuestras vidas? Tenemos que confrontar honestamente
la posibilidad de que sin Él no podemos curarnos. La solución
no radica en la búsqueda de nuestra comodidad y seguridad. Es relegando
éstas a un segundo plano, cuando estamos en condiciones de empezar
a ver quiénes somos en realidad.